Dolorosamente, hoy 21 de agosto de 2025, Día de las Víctimas del Terrorismo, Cali volvió a sentir el estruendo de la pólvora y la muerte. En horas de la tarde, un furgón cargado de explosivos fue abandonado frente a la Escuela Militar de Aviación Marco Fidel Suárez. La detonación se escuchó en toda la ciudad: ventanales quebrados, viviendas sacudidas, cuerpos tendidos en el asfalto. El humo se levantó porque, en Colombia, la violencia no descansa ni siquiera en las fechas de memoria.
Los reportes preliminares hablan de cinco muertos y decenas de heridos. Gente común que pasaba frente a la base, cadetes que apenas estrenaban uniforme, vendedores que buscaban el sustento. Las sirenas llegaron tarde, como siempre. Las familias corrieron a los hospitales en busca de sus hijos. Y en medio de los vidrios rotos, un viejo en bicicleta repetía: “Otra vez nos tocó a nosotros”.
No es la primera vez que Cali arde. La ciudad conoce de sobra la represión y la muerte. Fue aquí, en 2021, donde el estallido social se convirtió en símbolo de resistencia. Miles de jóvenes, estudiantes, obreros y mujeres salieron a las calles a desafiar un modelo uribista del ultraderechista Iván Duque que los condenaba al hambre y al desempleo. Las barricadas de Siloé, Puerto Resistencia y Sameco fueron la chispa que encendió a todo un país. Y fue en Cali donde más se ensañó la derecha con su aparato de represión de Estado: francotiradores, detenciones arbitrarias, tortura, desapariciones, cuerpos arrojados al río.
Por eso el atentado de hoy no es casualidad. Cali se convirtió en la ciudad de la desobediencia y la resistencia, en la capital de la memoria incómoda. La derecha no olvida que en esas calles se desmoronó su relato de orden y progreso. Y no perdona. Hoy, en plena campaña electoral, vuelve a encontrar en el terror una herramienta.
Las autoridades señalan a las disidencias, a Mordisco, que cada vez se hace más obvio que son el brazo armado del uribismo. El presidente Petro lo llamó “reacción terrorista”. Pero más allá de la autoría inmediata, hay que hacerse la pregunta de fondo: ¿a quién beneficia la sangre en vísperas de elecciones del 2026? ¿Quién recoge los frutos del miedo? Estamos en campaña electoral y el uribismo necesita que la gente pida a gritos una Seguridad Democrática 2.0.
El terror siempre ha sido un terreno fértil para la derecha colombiana. Con cada bomba, con cada muerto, vuelve a instalarse el discurso del enemigo interno, de la mano dura, del Estado fuerte que todo lo vigila y todo lo reprime. Las encuestas se mueven con cada explosión; los noticieros afinan su libreto; los candidatos de la guerra recuperan oxígeno.
Hoy, cuando los cuerpos aún no se han enfriado y las familias siguen llorando, ya se oyen las voces que exigen más seguridad y guerra contra el terrorismo. La sangre se convierte en propaganda electoral. Y el círculo se repite.
El atentado de Cali no solo golpea a una base aérea. Es un mensaje político: aquí se castiga la rebeldía, aquí se silencia la memoria del estallido. Porque Cali fue la ciudad que se levantó contra el poder en 2021. Y la derecha, esa misma que hoy cabalga sobre los muertos, ni perdona ni olvida. Su venganza es el retorno de la sangrienta Seguridad Democrática.
Por Justicia & Dignidad/ Periodismo independiente e investigativo

