En Colombia, los números se amontonan como escombros. La Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas cuenta 111.640 personas que la guerra y la indiferencia se llevaron. El Centro Nacional de Memoria Histórica habla de 121.768, cada uno con un rostro, un sueño, un olor a café y a tierra mojada. La Comisión de la Verdad apenas logra documentar 70.000, porque los otros se disolvieron en la niebla de la impunidad.
Cada cifra es un cuerpo que no volvió, un abrazo que nunca se dio, una madre que cada noche recuerda la mano que ya no tiene a quien sostener. Cada desaparecido es un hilo cortado en la trama de la vida, un grito silencioso que no encuentra oído.
Y el Estado… ese gran protector que debería buscar con ojos de justicia y corazón de madre, se queda mirando para otro lado. Las leyes existen, los decretos se firman, los informes se publican, pero los desaparecidos siguen ocultos, enterrados en fosas, escondidos en hangares, olvidados en papeles amarillentos. La impunidad es un río que corre y arrastra nombres, fechas, esperanzas.
En 2024, se reportaron 4.862 desapariciones. De ellas, 1.730 personas fueron encontradas vivas y 150 muertas, mientras los demás siguen siendo fantasmas que caminan entre nosotros, invisibles. La UBPD recuperó 941 cuerpos y entregó 131 a sus familias, un gesto mínimo frente al océano de ausencia.
Los perpetradores caminan libres. Las madres buscan en la tierra, en los ríos, en los archivos de hospitales y cementerios. Los nombres se repiten en las paredes del país como un lamento que nadie escucha. La memoria histórica es un espejo roto, y cada fragmento refleja la responsabilidad que se rehúsa a mirar su propio reflejo.
Colombia guarda secretos. Colombia guarda cadáveres. Colombia guarda silencio. Pero los desaparecidos siguen existiendo, aunque nadie los encuentre. Y mientras el Estado no cumpla con su deber de hallar, reconocer y reparar, cada cifra será un grito que se multiplica, un reclamo de justicia que no se apaga, un poema que nadie se atreve a terminar.
Porque los desaparecidos no son cifras. Son vida robada. Son historias que el viento insiste en no dejar morir.
Por Justicia & Dignidad/Periodismo independiente e investigativo

