🇨🇱 Chile 11 de septiembre de 1973

Ese día el sol salió, pero no amaneció.

Las radios despertaron con voz de guerra, no con música.

Decían: “Las fuerzas armadas han tomado el control”.

El pueblo entendió: la patria había sido secuestrada.

En La Moneda, Allende se puso un casco, tomó un fusil regalado,

y con voz de padre se despidió de sus hijos:

“Yo no me rendiré… algún día se abrirán las grandes alamedas”.

Su voz entró en las casas humildes como puñal y caricia.

Las madres abrazaban a sus niños,

los escondían bajo la cama,

quemaban libros de Neruda y fotos de compañeros.

El miedo se servía en las mesas en lugar de pan.

A las 11:52, los aviones bajaron del cielo como buitres.

Bombas contra un palacio.

Fuego contra la esperanza.

Santiago lloró humo y escombros.

Allende no huyó.

Decidió morir de pie, con la dignidad como única bandera.

Allí, entre llamas y ruinas, se disparó al corazón del miedo.

Ese balazo aún resuena en la historia.

Esa noche, los estadios se llenaron de cuerpos vivos tratados como despojos.

Víctor Jara cantó con la boca rota,

aunque le habían quebrado las manos.

Cantó hasta que las balas callaron su voz.

El país se volvió silencio,

un silencio a golpes, a gritos apagados,

a puertas golpeadas de madrugada,

a nombres borrados que siguen esperando ser pronunciados.

Chile quedó a oscuras.

Pero bajo esa oscuridad,

un pueblo empezó a guardar en el alma el fuego de la memoria.

Porque ningún fusil mata la ternura,

ninguna bomba borra un sueño,

y ninguna dictadura logra apagar

el llanto que recuerda.

Por Sofía López Mera/ Justicia & Dignidad