17 de septiembre de 2025
Hoy Gaza amaneció con el sol manchado de humo. El cielo no es azul, es gris de ceniza, y el viento no trae canciones, sino el eco de los misiles. Los niños no juegan, corren. Las madres no arrullan, gritan. Los viejos no descansan, tiemblan.
En Gaza el pan es un milagro, el agua una reliquia, el silencio un imposible. Las calles, antes mercados de vida, son ahora corredores de muerte.
Benjamin Netanyahu sonríe en algún despacho blindado, mientras firma con la tinta roja de la sangre ajena. Donald Trump, su socio en la obscenidad, aplaude desde su tribuna envenenada, diciendo que la masacre es justicia. Ellos creen que los cadáveres votan.
Y desde lejos, como siempre, llegan voces cínicas: Iván Duque, el ex presidente de Colombia, repite sermones de plástico, comparando víctimas con carneros, llamando aplaudir la carnicería. Apología del genocidio. Barbarie de salón. Un coro de bárbaros disfrazados de demócratas.
Sesenta y cinco mil muertos ya no caben en los periódicos. Los nombres se deshacen en cifras. Pero en cada cifra hay un rostro, un beso que no se dio, un abrazo que no volverá. Hoy, 17 de septiembre de 2025, otras decenas fueron arrancadas de la tierra. En Gaza City, los tanques entraron como elefantes borrachos, derribando casas, sueños, hospitales.
Israel abrió un pasillo de huida, dicen, una «ruta segura». Pero las rutas seguras en Gaza son cementerios con asfalto. La gente camina con lo que puede cargar: un pan duro, una foto rota, un niño dormido sobre el hambre. Caminan hacia el sur, porque no queda norte. Caminan sin saber si llegarán, porque no hay destino para quien todo lo ha perdido.
El mundo observa, mastica titulares y cambia de canal. La ONU lanza palabras como botellas al mar: “crímenes de guerra, posible genocidio”. Pero nadie detiene la maquinaria. Las bombas caen más rápido que las resoluciones.
Y, sin embargo, Gaza resiste. Los niños dibujan casas que ya no existen. Las mujeres siembran semillas en la arena. Los hombres levantan muros de escombros para ocultar la vergüenza del mundo.
Hoy, en Gaza, el día terminó sin luz, pero con fuego. El genocidio sigue. Los bárbaros de corbata brindan. Y la humanidad, la verdadera, sigue enterrando a sus muertos con la esperanza de que un día, aunque sea lejano, la justicia despierte.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

