Desde que comenzó la ofensiva contra Gaza, el Consejo de Seguridad de la ONU ha intentado seis veces aprobar un alto al fuego inmediato. Seis veces, el mundo votó por detener la masacre, abrir corredores humanitarios y liberar a los rehenes. Y seis veces, Estados Unidos levantó la mano para vetar la paz.
Cada veto no es un simple trámite diplomático: es una condena de muerte. Mientras Washington bloquea resoluciones, la maquinaria bélica arrasa con un pueblo entero. Hoy Gaza es un territorio en ruinas, con más de 600.000 asesinados, entre ellos 380.000 niños, cifras que estremecen y que superan cualquier estadística oficial. Son familias enteras borradas, hospitales destruidos, barrios reducidos a polvo.
Los argumentos de EE.UU. son siempre los mismos: “defender a Israel”, “equilibrar el lenguaje contra Hamás”, “no comprometer la seguridad”. Pero en la práctica, cada veto significa prolongar el hambre, impedir la entrada de medicinas y autorizar la continuidad del genocidio.
Las imágenes no dejan lugar a dudas: niños huérfanos caminan solos entre edificios desplomados; madres buscan a sus hijos bajo los escombros; los sobrevivientes no tienen agua, ni electricidad, ni refugio. Todo esto ocurre mientras en Nueva York, con un simple voto negativo, Estados Unidos decide que la guerra siga.
La historia registrará que, cuando la comunidad internacional pidió seis veces detener la barbarie, Estados Unidos eligió seis veces el silencio de los muertos.
Estados Unidos no es solo cómplice: también es responsable del genocidio en Palestina.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

