En Gaza, entre cascotes y humo, nacen niños sin incubadora y madres sin leche.
La muerte es la partera.
Pero en otras tierras, otras manos, otros corazones laten con Gaza.
En Nueva York, en la Asamblea de Naciones,
Francia, Reino Unido, Canadá, Australia, Malta, Luxemburgo, Portugal, Bélgica…
alzan la voz: Palestina existe, Palestina resiste.
En Indonesia, un presidente promete 20.000 soldados para custodiar la paz cuando la guerra se rinda.
En Roma, Italia envía una fragata al Mediterráneo:
no para disparar,
sino para salvar a los barcos de la flotilla Sumud,
esos barcos que llevan pan y medicinas donde solo llegan bombas.
España ofrece su diplomacia como escudo.
Y más: aprueba sanciones contra Israel,
prohíbe el paso de armas en sus puertos y aeropuertos,
levanta la voz en Europa para suspender el pacto con un Estado que multiplica escombros.
En Italia, las calles también se levantan:
un paro general detiene trenes, puertos, fábricas.
El país se paraliza por Palestina.
Los sindicatos proclaman:
“Que el pan llegue a Gaza, que las armas se detengan”.
El humo de las protestas se mezcla con el humo de los bombardeos:
la solidaridad también arde.
Turquía y Egipto abren paso a las voces de sus pueblos,
que juntan trigo, mantas, agua.
Médicos viajan desde Estambul,
campesinos cargan donaciones en El Cairo,
jóvenes en las plazas de Madrid, Buenos Aires, Johannesburgo,
levantan pancartas que son más grandes que los muros.
En Londres, en Nueva York, en Berlín,
los hijos del exilio judío caminan junto a los hijos del exilio palestino.
Las manos se entrelazan.
Las gargantas gritan:
“No en nuestro nombre”.
Las cifras duelen más que el hierro:
65.000 muertos hasta ahora,
y la relatora de la ONU advierte:
si el hambre y el asedio no cesan,
podrían ser 680.000.
Un pueblo entero, borrado del mapa.
Y, sin embargo, el mundo insiste.
La humanidad no quiere ser cómplice de cementerios.
El Papa pide paz,
los sindicatos recogen víveres,
los poetas escriben con sangre y rabia.
Las calles vuelven a ser útero:
pariendo banderas, pariendo voces, pariendo corazones.
La era está pariendo un corazón.
Un corazón que no late en un solo templo,
ni pertenece a un solo dios,
ni habla una sola lengua.
Porque —como afirmó el presidente de Colombia—
el pueblo de Dios no es Israel.
El pueblo de Dios
es la humanidad entera,
que hoy sangra en Gaza,
pero que mañana, si logra salvarla,
habrá parido un corazón capaz de salvarse a sí misma.
Por Sofía López Mera/ Justicia & Dignidad

