La reciente propuesta de Donald Trump, presentada junto a Benjamin Netanyahu y acompañada por la figura de Tony Blair, es presentada como un “plan histórico” para poner fin a la guerra en Gaza. Sin embargo, basta un mínimo análisis para concluir que se trata de una maniobra cínica, oportunista y ridícula, más cercana a un espectáculo político que a una solución real.
Trump habla de paz, pero lo hace desde la misma lógica imperial que avala guerras preventivas y ocupaciones. Netanyahu, señalado en todo el mundo como responsable de crímenes de guerra y de un genocidio que ya supera los 65.000 asesinatos en Gaza, es recibido en Washington con alfombra roja, aplausos y honores, como si los ríos de sangre fueran un motivo de celebración. Blair, cuyo legado quedó manchado por la ilegal e inmoral invasión a Irak en 2003, se suma al coro como si tuviera alguna credibilidad moral para “verificar la paz”. ¿De qué paz hablan quienes han hecho de la guerra un negocio y de la muerte un espectáculo político?
El plan exige que Hamas se desarme y entregue el control político de Gaza, mientras Israel solo ofrece una retirada escalonada y la “posibilidad” de no anexar Cisjordania. En otras palabras: se pide la rendición incondicional de un pueblo bajo asedio, sin garantías de derechos, justicia ni soberanía. No es un proyecto de paz, sino una imposición colonial maquillada de diplomacia.
El oportunismo es evidente: Trump busca capitalizar políticamente la guerra en un año donde su figura se tambalea en la arena internacional. Netanyahu intenta legitimar su ofensiva brutal con el respaldo de Washington. Blair reaparece para dar una pátina de “seriedad internacional”, como si su historial no estuviera marcado por la complicidad en violaciones de derechos humanos.
Este plan no detendrá la violencia, la profundizará. No busca atender el sufrimiento de la población civil palestina, sino administrarlo bajo nuevas formas de control. No abre el camino hacia la justicia, sino hacia una normalización del genocidio en nombre de la “seguridad de Israel”.El cinismo se profundiza en la propia estructura de Naciones Unidas. Estados Unidos ha ejercido ya seis veces su derecho de veto en el Consejo de Seguridad para bloquear resoluciones que pedían un alto al fuego en Gaza y Palestina, demostrando que ese órgano se ha convertido en una alcahuetería al servicio del poder y no en garante de la paz mundial. Resulta incomprensible que Netanyahu, con una orden de captura de la Corte Penal Internacional al igual que Vladimir Putin, haya tenido tribuna en la ONU. Putin no fue precisamente por esa razón, pero Netanyahu fue recibido como si no existiera la justicia internacional. Noruega ha exigido su captura, mientras que el presidente de Irlanda ha propuesto algo aún más radical: que los países que venden armas y sostienen guerras no tengan derecho a voto en Naciones Unidas, una verdad incómoda que desnuda la hipocresía del sistema multilateral.
La única salida para frenar el genocidio en Gaza no es otra farsa diplomática, sino judicializar a los responsables. Netanyahu debe ser detenido, pero también Donald Trump y Joe Biden deben ser procesados por su participación y complicidad en la maquinaria de exterminio. La ONU debería expulsar a los Estados que sostienen estas políticas criminales, entregar el poder decisorio a la Asamblea General y poner fin al chantaje del Consejo de Seguridad, que se ha revelado como un instrumento de impunidad.
El plan de Trump, Netanyahu y Blair es más que una farsa: es un insulto a las víctimas, una operación de propaganda para encubrir un genocidio en curso. La historia lo juzgará como lo que es: una orquesta de oportunistas cínicos y ridículos que, en lugar de frenar la barbarie, terminarán profundizándola.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

