En la costa de Gaza el agua se ha vuelto frontera. El mar, antaño cuna de peces y canto, ahora solo sabe de hambre. Los pescadores, guardianes del horizonte, ven sus redes vacías, robadas por un cerco invisible que lima su sustento.
Un día se alzó una flotilla de esperanza: la Global Sumud. Velas solidarias surcando el Mediterráneo, más de 450 activistas, entre ellos Greta Thunberg, y también las colombianas Manuela Bedoya y Luna Barreto, convocadas para romper el bloqueo, llevar ayuda, mostrar al mundo lo que ocurre en Gaza, lo que muchos llaman genocidio.
Israel intervino: detuvo barcos, arrestó voces, desvió la ayuda. Pero la trampa tejida por la opresión tuvo una fisura inesperada: mientras los ojos de la marina y los drones estaban fijos en la flotilla, los pescadores palestinos echaron sus redes sin ser acosados. Un puñado de peces, un consuelo para niños hambrientos, un suspiro de libertad.
Y la flotilla no solo trajo redes llenas: trajo focos que alumbran lo que muchos prefieren ignorar. Puso los ojos del mundo en Gaza, en Palestina, en las atrocidades atribuidas a Israel. Movilizó juventudes y pueblos enteros: hubo manifestaciones en Barcelona, Madrid, Roma, Milán, Nápoles, Turín, Génova, Florencia, Pisa, Siena, Berlín, Bruselas, Atenas, París, Estambul, Ankara, Diyarbakır, Mardin, Elazığ, Ciudad de México, Bogotá, Buenos Aires y Montevideo. Huelgas estudiantiles, marchas, concentraciones y gritos que buscaron el eco de las voces oprimidas. Exigieron dignidad. Exigieron justicia.
Greta, Manuela, Luna no solo viajaban en barco; viajaban con el hambre de justicia. Y a veces, un gesto basta: una flotilla, una red pescada, mil ojos abiertos. En ese entreacto, Gaza respiró. Porque la solidaridad es marea que sube cuando todo parece hundirse.
Hablemos de Palestina, gritemos su nombre hasta que el genocidio pare, hasta que ningún poder pueda silenciarla jamás.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

