Gaza: la reconstrucción como botín económico y energético tras el genocidio

En medio de las ruinas de Gaza, mientras aún se cuentan los cuerpos y las familias buscan sobrevivir a los bombardeos, en despachos de Washington, Tel Aviv y El Cairo se discuten planes que hablan de “reconstrucción”, “modernización” y “nuevos horizontes económicos”. Detrás del lenguaje tecnocrático se esconde una carrera por controlar el territorio, su costa y el gas que yace bajo el mar.

Uno de los documentos más ambiciosos es el plan GREAT (Gaza Reconstitution, Economic Acceleration and Transformation Trust), revelado por The Washington Post el 31 de agosto de 2025. Se trata de un proyecto de 38 páginas impulsado por el entorno de Donald Trump, que propone desplazar temporalmente a la población de Gaza —incluso a todos sus habitantes— con promesas de subsidios y un eventual retorno. En su lugar, se construirían “zonas económicas especiales” y “ciudades inteligentes”, en un esquema de desarrollo inmobiliario que recuerda a los enclaves corporativos de Dubái.

Según El País, el plan contempla emitir certificados digitales de propiedad a las personas desplazadas, mientras el territorio sería administrado por inversionistas extranjeros. Esto permitiría avanzar con megaproyectos sin los “obstáculos” de la población actual, convertida en “beneficiaria” desde la distancia. El ministro de Finanzas israelí ha descrito públicamente la devastación de Gaza como una “oportunidad inmobiliaria histórica”, lo que encaja con esta lógica de vaciamiento y privatización.

Paralelamente, circula la propuesta de crear una Autoridad Internacional de Transición para Gaza (Gaza International Transitional Authority), que excluiría a Hamas y colocaría la gobernanza del territorio bajo supervisión internacional. Esta autoridad gestionaría tanto la reconstrucción como los derechos de propiedad, en un esquema diseñado para facilitar inversiones externas y reducir la capacidad de decisión palestina sobre su propio suelo.

En este tablero, Egipto también juega un rol clave. En marzo de 2025, Al Jazeera informó que El Cairo presentó un plan de reconstrucción por 53 mil millones de dólares, con participación de tecnócratas palestinos y fondos internacionales. Egipto, además, busca integrar el litoral de Gaza a su red energética y de exportación de gas.

Porque sí: bajo el mar de Gaza hay un tesoro energético. El campo Gaza Marine, descubierto en 1999 por British Gas, contiene alrededor de 1 billón de pies cúbicos de gas natural, suficiente para abastecer a los territorios palestinos durante más de una década. Su explotación ha sido bloqueada sistemáticamente por Israel, que controla las aguas y las rutas de exportación. En 2023, Reuters reportó que Israel y la Autoridad Palestina habían llegado a un principio de acuerdo para que Egipto liderara su desarrollo, pero la guerra congeló las negociaciones.

Para Israel, controlar este yacimiento significa evitar que Palestina alcance autonomía energética y, al mismo tiempo, reforzar su posición como exportador regional hacia Europa, en un contexto en el que la Unión Europea busca diversificar sus fuentes tras la crisis energética provocada por la guerra en Ucrania. Para Egipto, el gas palestino es una pieza estratégica que podría potenciar sus plantas de licuefacción y aumentar su peso geopolítico. Para Estados Unidos, este tablero energético refuerza el eje estratégico Israel–Egipto frente a Irán y otros actores regionales.

No es casual que junto a estos planes reaparezca el viejo proyecto del Canal Ben Gurion: una vía marítima artificial alternativa al Canal de Suez, que atravesaría el desierto del Negev y bordearía Gaza. Su costo estimado oscila entre 16 y 55 mil millones de dólares, según This Is Beirut. Controlar la costa de Gaza es indispensable para cualquier trazado, lo que explica por qué la franja no solo es vista como un territorio a “pacificar”, sino como un espacio a reconfigurar geoestratégicamente.

En suma, detrás de la retórica humanitaria de la “reconstrucción” se despliega un mapa de intereses económicos y estratégicos donde inversionistas, gobiernos y corporaciones planean convertir Gaza en un nodo inmobiliario, energético y logístico de alto valor. Para lograrlo, necesitan una población desplazada, una administración dócil y un territorio abierto al capital extranjero. Gaza, devastada por la guerra, es tratada como una página en blanco donde se proyectan canales, puertos, gasoductos y torres inteligentes.

Pero Gaza no es una página en blanco. Es un territorio con historia, con derecho internacional, con familias que no quieren ser borradas. Lo que hoy se presenta como un plan de “reconstrucción” es, en realidad, la institucionalización de un despojo, la expulsión planificada de su población y la justificación económica y política de un genocidio que enriquecerá a Trump, Netanyahu y a sus aliados económicos. El genocidio continúa. La limpieza étnica continúa. Solo cambia el lenguaje: ahora se llama “propuesta de paz”.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo