¿Y si Petro hiciera lo del Pentágono?

Se imaginan ustedes, queridos lectores, el escándalo de proporciones bíblicas que se armaría si Gustavo Petro —ese ogro socialista de izquierda que, según la prensa bogotana, desayuna odio y cena revolución— decidiera imponer a los periodistas un reglamento semejante al que acaba de decretar el Pentágono en la muy democrática y muy libre Estados Unidos.

Imagínense al presidente colombiano exigiendo que cada periodista que cubra la Casa de Nariño firme un papel comprometiéndose a no publicar información “no autorizada”, so pena de ser judicializado. O, dicho en criollo, a no contar nada que el poder no quiera que se sepa. ¡Ah, los editoriales inflamados que veríamos en los diarios de siempre! El Tiempo hablaría de “una amenaza inédita contra la libertad de prensa”. Semana publicaría una portada con Petro vestido de Chávez, de Maduro o, si están especialmente creativos, de Stalin con poncho. Y La W Radio abriría cada mañana con una misa cívica por la Constitución ultrajada.

Pero claro, como esto no ocurrió en Bogotá sino en Washington, la cosa se llama “nueva política de seguridad informativa”. En el Pentágono —ese templo donde se fabrican guerras con la misma naturalidad con la que aquí se fabrican titulares— decidieron que los periodistas solo podrán entrar si aceptan ser escoltados, vigilados y, de paso, censurados. Podrán ser judicializados y perder sus credenciales si se atreven a publicar algo no “autorizado”. Decenas de medios como The New York Times, Reuters o CNN prefirieron entregar sus credenciales antes que firmar el pacto del silencio. Solo uno aceptó las condiciones: One America News Network, la cadena favorita de Trump y de las teorías de conspiración.

En Colombia, basta que Petro dé una rueda de prensa sin invitar a RCN para que le griten “dictador”. Pero cuando en Estados Unidos los periodistas son literalmente expulsados del Ministerio de Defensa, los mismos opinadores que aquí lloran por la libertad de prensa callan con una discreción casi diplomática. Porque allá —como todo lo que viene del norte— la censura tiene nombre elegante: “protocolos de seguridad nacional”.

Lo paradójico es que al que censuran es al propio presidente Petro: no puede hacer sus alocuciones presidenciales ni presentar su consejo de ministros en los canales públicos, mientras que a Iván Duque lo dejaban todos los días jugar con caritas tristes y felices y con su jugo de naranja, diciendo bobadas en horario prime.

Y si Petro alguna vez intentara hacer algo así, no se preocupen: no alcanzaría a firmar el decreto. Para cuando llegara a la palabra “considerando”, ya tendríamos marchas, comunicados, sanciones internacionales y tres editoriales pidiendo su renuncia.⁸

Mientras tanto, el Pentágono calla a la prensa y nadie dice ni pío. La libertad —como la democracia— parece ser un lujo que solo se reclama cuando conviene.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo