Japón celebra, con fuegos artificiales y pétalos de cerezo, la llegada de Sanae Takaichi al poder. La prensa internacional se desvive con la foto histórica: “¡Primera mujer en la cumbre del Japón político!”. Pero conviene recordar que la historia no la escriben las fotos, sino los prontuarios ideológicos. Y el de Takaichi es claro: militante contra el matrimonio igualitario, opuesta a que las mujeres puedan conservar su apellido, partidaria del adoctrinamiento patriótico en los medios y, para rematar, revisionista histórica que minimiza los crímenes del Ejército con las esclavas sexuales coreanas y chinas. Una dama del siglo XXI con ideas cómodamente estacionadas en 1935.
He aquí la trampa eficaz del patriarcado: permitir que una mujer llegue al poder siempre y cuando lo use para defender el orden que la subordina. Se rompe el techo de cristal, sí, pero solo para custodiar la cocina. El símbolo avanza, el derecho retrocede. No es un triunfo del feminismo: es un triunfo del decorado.
Y que nadie crea que se trata de una rareza asiática. El mundo entero vive esta fiebre. La derecha y la ultraderecha descubrieron que una mujer en el mando sirve como coartada moderna mientras se gobierna con alma de dictador jubilado. Representación sin emancipación: el truco perfecto.
Colombia, siempre tan creativa, ya tiene su propio elenco. Paloma Valencia, devota de “hacer trizas” la paz y feliz con un país convertido en cuartel. María Fernanda Cabal, que sueña con orden a bala y añora el paramilitarismo como si fuera folclor nacional. Vicky Dávila, periodista de púlpito que predica la pedagogía del plomo. Y, para demostrar que el fenómeno no es exclusivo de la derecha, ahí está Claudia López: arcoíris en la foto, ESMAD en la calle; democracia en el discurso, bolillo en la práctica; marketing feminista por fuera, populismo punitivista por dentro.
Distintas biografías, la misma doctrina: el orden por encima de la libertad, la fuerza por encima de la justicia, el símbolo por encima del derecho.
La conclusión es simple: una mujer en el poder no basta. Lo femenino en el cargo no garantiza lo femenino en la agenda. El techo de cristal se rompe para algo más que adornar el palacio. De lo contrario, no es igualdad: es utilería.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

