Donald Trump está en guerra con el planeta entero. Cada mañana amanece buscando un nuevo enemigo: Petro, China, España, Taiwán, Venezuela, Colombia, la OTAN, la humanidad y probablemente también los pingüinos de la Antártida. La explicación, aunque él la disfrace con testosterona geopolítica, es bastante simple: el problema no es Petro, ni Colombia, ni China, ni Taiwán, ni España, ni Venezuela. El problema es Trump. Un Trump acorralado, nervioso, y sobre todo aterrado por un hecho que ni sus alaridos pueden tapar: cerca de siete millones de estadounidenses marcharon en su contra, hartos de su circo, su autoritarismo y su ego desbordado. Y nada le duele más que ser rechazado por su propio público.
Por eso, para no hablar de ese levantamiento democrático—que lo deslegitima como emperador—, Trump decidió montar una cortina de humo global. El 20 de octubre insultó a Petro, lo llamó “narcotraficante” y amenazó a Colombia con sanciones y aranceles si no obedece. Tres días antes, el 17, había autorizado operaciones encubiertas de la CIA en Venezuela y coqueteado con la idea de ataques terrestres, como si Suramérica fuera un tablero de ajedrez barato. El 14, en rabieta atlántica, amenazó a España con aranceles porque no quiso subir el gasto militar al nivel que él ordena desde su tarima. El 10, anunció que subiría los aranceles a China hasta el 100% si no se arrodillaba antes de noviembre. Y el 20 volvió a usar a Taiwán como fichita de negociación, insinuando sanciones y condicionamientos. Para completar la sinfonía de terror, anunció que le quitaría las visas a miles de centroamericanos, convirtiendo la desesperación humana en otra herramienta de su espectáculo. Todo en apenas diez días. Un récord mundial en berrinches diplomáticos.
Pero lo mejor de esta tragicomedia no está en Washington, sino en Colombia. Mientras el pueblo estadounidense marcha contra Trump y se burla de su idea monárquica del poder, aquí la derecha criolla se arrodilla con devoción. Cada insulto que Trump lanza, ellos lo celebran. Cada amenaza, la repiten como misa. Cada vez que ladra “intervención”, nuestros patriotas de micrófono y trino piden marines, drones y bases militares, con el entusiasmo servicial de un súbdito agradecido. Es una coreografía vergonzosa: allá la democracia le dice NO, aquí los siervos coloniales le gritan SÍ, SÍ, SÍ, invádannos, castíguennos, sálvennos, páguennos el complejo de inferioridad.
Trump no está defendiendo la libertad mundial, ni luchando contra las drogas, ni salvando a Occidente, ni protegiendo a Taiwán, ni enderezando a España, ni liberando a Venezuela. Está salvándose a sí mismo. Cada amenaza internacional es un distractor para que la prensa no hable de las marchas en su contra. Cada enemigo externo es un truco psicológico para mantener hipnotizado a su electorado. Cada bravuconada es un intento desesperado por parecer fuerte frente al espejo, porque la realidad—la única realidad—es que su pueblo ya comenzó a darle la espalda.
Lo verdaderamente triste es que Colombia, una vez más, caiga en el papel de comparsa. Trump grita desde el norte y aquí tiemblan, como si el tiempo no hubiera pasado desde las plantaciones y los protectores militares. Mientras en Estados Unidos lo enfrentan en las calles, en Colombia lo aplauden en los estudios de televisión. Esa es la diferencia entre un país que entiende su dignidad y otro que todavía confunde sumisión con “alianza”. Y mientras tanto, la derecha colombiana, en su afán de agradar al emperador, no solo aplaude sus amenazas, sino que las amplifica. Piden intervención militar como si fuera una receta para la paz, sin importar que el chef sea un demente con acceso a armas nucleares. Es como si, en lugar de aprender de la historia, decidieran repetirla, pero con peores actores y un guion aún más absurdo.
Cuando todo se despeje, cuando pase la espuma del escándalo, el mundo lo verá claro: Trump no está peleando con Petro, ni con España, ni con China. Está peleando con su propio pueblo, y lo está perdiendo. Lo demás es puro ruido. Y nosotros, si tuviéramos un poco de autoestima nacional, no deberíamos actuar como los instrumentos musicales de su orquesta decadente.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

