Robaron el Louvre. Un comando de ladrones, disfrazados de obreros, entró por la ventana, rompió vitrinas y se llevó en siete minutos un botín digno de un emperador: las joyas de la realeza francesa. Francia, escandalizada, clama por justicia. Los noticieros hablan de “atentado al patrimonio universal”. Universal, claro: el mismo eufemismo que usaron para quedarse con lo que no era suyo.
Porque si de patrimonio hablamos, América lleva medio milenio viendo cómo se exhibe en Europa el resultado de su propio saqueo. Los conquistadores —esos pioneros del robo artístico— se llevaron nuestro oro, nuestras esmeraldas, nuestros dioses. Hoy duermen, perfectamente catalogados, en museos que se declaran “guardianes de la civilización”. En el mismísimo Louvre hay piezas precolombinas: vasijas mochicas, figuras andinas, fragmentos de culturas que no pidieron ser universalizadas.
Y mientras en París se rasgan las vestiduras por unas tiaras, nosotros seguimos viendo cómo el Tesoro Quimbaya, esa joya del alma colombiana, sigue expuesto en Madrid, porque algún presidente decimonónico decidió regalarlo como si fuera suyo. Eso sí fue un robo elegante: con decreto, lacre y firma.
Así que perdonen si no lloramos por el Louvre. Cuando los reyes son los ladrones y los ladrones los que se llevan lo robado, la tragedia roza la comedia. Quizá este asalto sea apenas una devolución simbólica: la historia pasando factura, el azar haciendo justicia poética.
Ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón, dice el refrán. Y a veces, también cien años de arte colgado en un museo europeo.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

