A Doña Zoraida la guerra le robó a su hija, pero no la esperanza. Su muchachita se llamaba Diana y tenía la risa clara, de esas que alumbran las cocinas pobres donde hierve el agua para el tinto. Vivían en Popayán, en el Cauca hondo, cuando la violencia pasó como un aguacero de pólvora y se la arrebató sin explicación. Desde entonces, Zoraida no volvió a dormir completo: aprendió a caminar trochas, estaciones de bus, oficinas frías y cementerios ajenos. Siguió versiones, rumores, voces quebradas en pasillos de la Fiscalía. Buscó día tras día, año tras año. Y aún no sabe dónde está su hija.
Con el tiempo, la espalda se le partió reciclando cartones y botellas para sobrevivir. Cargó costales más grandes que ella, mientras cargaba también la ausencia. Hoy su cuerpo ya no da más: le duele todo, camina poco, casi no puede moverse. Vive en extrema pobreza, pero sigue de pie en la única certeza posible para una madre buscadora: mientras no haya verdad, no hay descanso.
Como Zoraida, miles de mujeres en Colombia sostienen sobre sus hombros la memoria del país. Son las madres buscadoras, las que no se rinden aunque el Estado las olvide, aunque el Gobierno cambie, aunque el calendario siga girando sobre la impunidad. Son ellas quienes, con sus manos curtidas, han desenterrado la verdad que tantos han querido ocultar. No buscan solo huesos: buscan justicia, país, nombre, rostro y dignidad.
Este 23 de octubre, el país conmemora el Día Nacional de Reconocimiento a las Mujeres Buscadoras, creado por la Ley 2364 de 2024. Una ley que prometió protección, apoyo psicosocial, rutas claras, acceso real a información y garantías para su labor. Una ley escrita en letra grande… pero que el Estado todavía no cumple. Porque en el papel todo es memoria, pero en la vida real ellas siguen solas, expuestas, pobres, revictimizadas, amenazadas, esperando trámites que nunca llegan y respuestas que el Gobierno les debe.
Desde el Movimiento Nacional de Madres y Mujeres por la Paz y la Guardia aintercultural Humanitaria hacemos un reconocimiento profundo a estas mujeres que caminan la verdad con los pies desnudos del alma. Ellas han hecho más por la paz que cualquier discurso, cualquier decreto y cualquier mesa técnica. Sin sus pasos, no habría búsqueda; sin su voz, no habría memoria; sin su terquedad amorosa, el país ya habría enterrado la verdad bajo toneladas de olvido.
Pero no basta con homenajes simbólicos. Una ley que no se cumple es otra desaparición. Otra forma de borrar. Otra tumba sin cruz. La desaparición forzada no termina cuando se llevan a una persona: continúa cuando el Estado abandona a quien la busca. Y en Colombia, esa herida sigue abierta.
A Doña Zoraida nadie le devuelve los años andados, el cuerpo roto, las noches sin sueño. Pero este país —si de verdad quiere paz— tiene una deuda con ella y con todas. Ellas no piden caridad: exigen verdad, justicia, memoria, presencia y cumplimiento.
Algún día —porque tiene que llegar— Zoraida sabrá qué pasó con Diana. Ese día, quizá el Cauca vuelva a amanecer más liviano y el país también. Porque cuando una madre encuentra a su hija, también se encuentra un pedazo de patria.
Movimiento Nacional de Madres y Mujeres por la Paz/ Guardia Intercultural Humanitaria

