Colombia, ese país que tantas veces se aprieta el puño en la noche creyendo que el cielo va a caer sobre él, ahora tiene razones objetivas para inquietarse: el presidente Gustavo Petro, su esposa, su hijo y el ministro del Interior fueron sancionados por el gobierno de Donald Trump, acusados de ser “facilitadores del narcotráfico internacional”. La sanción fue la inclusión en la Lista Clinton.
Pero antes de que Colombia piense que está sola en este juego, conviene mirar el tablero completo.
Durante esta misma semana, la administración Trump ordenó ataques navales a lanchas pequeñas —quizá de pescadores de Colombia o de Ecuador— en el Pacífico, contra embarcaciones que, según Washington, transportaban drogas y estaban vinculadas a estructuras criminales internacionales. El presidente anunció públicamente muertos y operaciones simultáneas, mientras acusaba a China de enviar fentanilo a Estados Unidos a través de Venezuela. Así que no es solo Colombia, no es solo un gobierno sudamericano en la mira: es un plan global de desestabilización protagonizado por Estados Unidos, acusando tráfico, tirando misiles y afianzando narrativas de “narcoterrorismo”.
Durante esta misma semana, Jared Kushner, yerno de Donald Trump, viajó a Israel como emisario no oficial para mediar en conflictos de Oriente Medio, mientras al mismo tiempo exploraba negocios inmobiliarios y fondos de inversión en la región. Es decir, la familia Trump impondrá su emporio inmobiliario sobre las ruinas de Gaza. Por eso no quieren ponerle fin al genocidio. La escena: un miembro del clan presidencial estadounidense que negocia “paz” mientras tiene la chequera abierta para proyectos privados en zonas de guerra.
Durante esta misma semana, Vladimir Putin advirtió que la eventual entrega de misiles occidentales a Ucrania supondría “una etapa cualitativamente nueva de escalada” y que cualquier uso contra territorio ruso recibiría una respuesta “muy fuerte, si no aplastante”. La tensión aumentó con la perspectiva de suministros de misiles de largo alcance provenientes de Estados Unidos, Reino Unido y Alemania. No es una amenaza de salón: es una advertencia estratégica que obliga a cualquier observador a tomar nota y entender que la geopolítica se ha intensificado a un nivel global.
Durante esta misma semana, Canadá también se convirtió en protagonista involuntario de la irritación de Trump. El rompimiento de relaciones comerciales no sorprendió a nadie: descaradamente, Trump ha manifestado que Canadá debería ser un estado más de Estados Unidos. Pero lo que hizo entrar en cólera al señor de la cara naranja fue un comercial recordando a Ronald Reagan y sus advertencias sobre los aranceles. Según rumores, Reagan evitaba a Trump y consideraba al magnate un “riquillo extravagante y ordinario”; la simple mención de su crítica económica fue suficiente para provocar una andanada verbal de ira contra Ottawa. Otro capítulo más del delirio simultáneo que envuelve esta semana de sanciones, ataques y remodelaciones.
Porque aunque lo de Colombia con la Lista Clinton es grave, no conviene convertir ese hecho en catástrofe psíquica exclusiva. El tablero es global: un presidente estadounidense que sanciona, ordena ataques, acusa potencias y remodela su palacio; un yerno que mezcla diplomacia con negocios; un Kremlin que amenaza con respuestas aplastantes si su territorio es atacado por armas occidentales; y un Canadá que se convierte en víctima colateral de la irritabilidad presidencial, todo forma parte de un delirio simultáneo.
Durante esta misma semana, Donald Trump inició la demolición y remodelación de partes de la Casa Blanca, autorizando grandes cambios en la East Wing y en jardines históricos que serán reemplazados por cemento porque, según él, los tacones de Melania y de sus amigas multimillonarias se enredan en el césped. Los profesionales en conservación arquitectónica lo consideran un sacrilegio, pero Trump asegura que lo hará de su bolsillo, y por eso puede convertir la Casa Blanca en un burdel. Un espectáculo surrealista que, más allá de la arquitectura, simboliza un posible derrumbe interno: el del imperio de Estados Unidos, que amenaza, sanciona, acusa y remodela su propia sede. Quizá la historia necesitaba de un desquiciado de estos para que el pueblo estadounidense tome las riendas de su destino.
Si alguien quiere un símbolo visible del declive, no lo encontrará en una sola lista ni en una sola decisión: lo verá en la imagen del poder remodelándose febrilmente mientras amenaza con misiles a media Europa, en la mezcla de negocios y diplomacia en Oriente Medio, en los ataques en el Caribe, en las sanciones y en la irritación hacia Canadá. Quizá la Casa Blanca se esté ampliando para tener más salones de gala. Quizá, sin que nadie lo note del todo, lo que se está ampliando es la grieta que hará tambalear la vieja idea de supremacía. Y eso, aunque grave, es otra cosa distinta a un apocalipsis inminente: es un reacomodo global en el que Colombia —como otros países— tendrá que cuidar su propio jardín y fortalecer relaciones con Asia, porque el tablero del poder está cambiando.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

