El problema no es Petro, el problema es Donald Trump que se cree rey del mundo: el Sáhara se levanta en protesta.

En el mapa parece un vacío, una franja amarilla entre Marruecos, Argelia y el Atlántico. Pero ese vacío está lleno de gente, de historia y de una injusticia que ya dura medio siglo. Se llama Sáhara Occidental, y allí vive —o sobrevive— el pueblo saharaui, un pueblo que fue expulsado de su tierra por los intereses de otros.

Todo empezó en 1975, cuando España, la antigua potencia colonial, decidió irse del territorio sin hacer lo que debía: permitir un referéndum para que los saharauis eligieran su destino. En lugar de eso, el dictador Franco —agonizando, pero todavía con poder— firmó un acuerdo con Marruecos y Mauritania, repartiendo el Sáhara como si fuera una finca. Marruecos ocupó la zona norte y comenzó lo que llamó la “Marcha Verde”: miles de marroquíes cruzando el desierto para “reclamar” la tierra. Detrás de ellos venía el ejército.

Los saharauis huyeron bajo las bombas y las balas. Miles murieron, otros miles se refugiaron en el sur de Argelia, en un lugar llamado Tinduf, donde aún viven en campamentos que parecen ciudades de lona. Allí crearon su propio gobierno en el exilio: la República Árabe Saharaui Democrática, reconocida por más de 80 países, pero ignorada por quienes mandan en el mundo.

Desde entonces, Marruecos controla el Sáhara Occidental con mano de hierro. Lo llama “sus provincias del sur” y promete autonomía, no independencia. Pero los saharauis no quieren ser una región dentro de otro país: quieren decidir por sí mismos, como cualquier pueblo. La ONU lo reconoce, pero el referéndum sigue postergado. Cincuenta años de promesas diplomáticas y discursos huecos.

Y cuando parecía que nada podía empeorar, llegó Donald Trump. En 2020, en los últimos días de su gobierno, reconoció oficialmente que el Sáhara pertenece a Marruecos. No lo hizo por convicción, ni por amor a la paz. Lo hizo porque Marruecos, a cambio, aceptó reconocer al Estado de Israel. Un trueque político disfrazado de diplomacia.

Un pedazo de desierto por una embajada más.

Ahora, cinco años después, el “plan Trump” vuelve a la mesa de la ONU. Su idea —revivida por diplomáticos estadounidenses— propone una autonomía bajo soberanía marroquí. Y miles de saharauis han salido a las calles de los campamentos de Tinduf para decir no. Cuatro días seguidos de protestas, gritos, banderas y consignas: “Preferimos ser refugiados a ser marroquíes”. En medio del desierto, los olvidados vuelven a hacerse oír, mientras los grandes del mundo ajustan borradores y comunicados con aire de importancia.

Detrás de tanto revuelo diplomático hay razones menos espirituales. El Sáhara no es solo arena: tiene fosfatos, uno de los minerales más codiciados del planeta, usado para fertilizantes y baterías. Además, el viento que sopla sobre esas dunas es perfecto para energía eólica, y sus costas están llenas de pesca y posibles reservas de petróleo. Las empresas europeas y norteamericanas lo saben, y firman contratos con Marruecos para explotar recursos que no le pertenecen. Todo en nombre del progreso, claro, esa palabra que suele justificar cualquier expolio.

Mientras tanto, en los campamentos de Tinduf, los niños saharauis aprenden geografía sin patria. Saben que su país está al otro lado del desierto, donde ahora hay minas, muros y bases militares. Viven del apoyo internacional y de la memoria de sus abuelos, que aún sueñan con volver.

El conflicto del Sáhara no ocupa titulares porque no hay cámaras ni turistas. Es un drama silenciado: el de un pueblo invisible que resiste sin guerra, sin armas, solo con su identidad. Marruecos impone su versión, Estados Unidos la bendice, Europa mira a otro lado y la ONU escribe comunicados cada año para recordar que sigue “preocupada”.

Y mientras tanto, Trump, sigue queriendo dibujar el mundo con su marcador grueso: borra fronteras, firma tratados, reparte territorios. Cree que la historia es un tablero y los pueblos, fichas de su juego. Pero los saharauis, esos que él ni menciona, siguen ahí, bajo el sol, recordando a todos que no hay mapa que borre la dignidad de un problema nos rque el problema no es Petro.

El problema es Donald Trump, que se cree rey del mundo.

Y en Colombia también deberíamos salir a protestar, gritarlo en las calles, pintarlo en los muros, escribirlo en la piel:

No Kings, tampoco queremos Reyes !!

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo