Desde el Movimiento Nacional de Madres y Mujeres por la Paz levantamos nuestra voz con dolor, pero también con la convicción inquebrantable de que Colombia merece un futuro distinto para sus hijos e hijas.
El reciente bombardeo en el Guaviare dejó dos efectos profundamente graves: la muerte de siete menores de edad y la oleada terrorista que azotó al Cauca en los días posteriores. Dos heridas abiertas que nos confrontan, una vez más, con la urgencia de replantear la estrategia de seguridad del país.
En una nación donde más de dos mil niños y niñas han sido reclutados forzosamente, donde no existe una política pública eficaz para prevenir ese reclutamiento ni un sistema sólido para buscar y recuperar a los menores que siguen en manos de grupos armados, no hay garantías éticas ni operativas para ejecutar bombardeos.
Los niños y niñas seguirán siendo usados como escudos humanos mientras no exista una política de Estado que los proteja antes, durante y después de la guerra.
A esto se suma una realidad que conocemos de cerca: la retaliación armada siempre cae sobre el Cauca, un territorio que ha sido nuestro epicentro de dolor y resistencia. Allí, las disidencias de las FARC circulan con absoluta libertad, con armas largas, con poder territorial y con la capacidad de paralizar la vida de todo un departamento.
Ellos sí bombardean: estaciones de policía, viviendas, ambulancias, la vía Panamericana. Ellos bloquean, incendian, dinamitan y sumen al suroccidente en el caos, sin que el país entero alcance a dimensionar lo que vivimos.
Por eso afirmamos con claridad que los bombardeos no son la solución. Nunca lo fueron. Nunca lo serán.
La verdadera salida —la única salida digna para un país que ha perdido generaciones enteras de sus hijos e hijas— es una justicia que investigue sin miedo y sin sesgos la relación evidente entre estructuras armadas, sectores del uribismo y redes del narcotráfico.
Solo desmontando esa maquinaria político-criminal podrá Colombia frenar las guerras regionales que desangran a nuestras comunidades.
A la par, insistimos: la paz debe ser una estrategia de Estado.
Diálogo donde sea posible.
Sometimiento judicial para quienes no quieran dialogar.
Inversión social profunda en territorios olvidados.
Protección real para los niños y niñas antes de que caigan en manos de los fusiles.
Señalamos también la hipocresía de la derecha, que celebró bombardeos durante el gobierno de Iván Duque —incluso cuando hubo menores muertos— y hoy se escandaliza por los operativos ordenados por Petro.
Ellos no están pensando en los niños y niñas. Están pensando en el poder, en el 2026 y en el rédito político que obtienen del dolor ajeno.
Por eso, señor presidente, desde nuestra voz de madres y mujeres que han puesto el cuerpo, la vida y el corazón en esta lucha, le pedimos con respeto y firmeza:
no se deje presionar por los discursos de guerra.
No permita que quienes han vivido de la violencia definan el rumbo del país.
Colombia está cansada de enterrar a sus hijos e hijas.
Nosotras también.
Y desde este movimiento, que abraza a las víctimas, que llora a los niños y niñas, y que acompaña al Cauca y a todas las regiones golpeadas, afirmamos:
La paz es —y debe ser— el único camino.
MOVIMIENTO NACIONAL DE MADRES Y MUJERES POR LA PAZ

