Detrás de un maléfico hombre, Álvaro Uribe, hay una maléfica mujer, Lina Moreno, y una familia que cree que Colombia es su finca

En la Nación del Sagrado Corazón, donde los rumores tienen cédula y los chismes pagan impuestos, existe una verdad casi ancestral: detrás de cada gran villano siempre hay una gran villana. Y sí, hablamos del personaje central del drama político colombiano, Álvaro Uribe Vélez, y de su esposa, Lina Moreno Mejía, que aparenta no matar ni una mosca, aunque muchos en los pasillos del poder aseguran que detrás de esa silueta discreta se mueven sombras más densas que las montañas antioqueñas al atardecer.

A veces, incluso, no es solo la pareja: es toda la familia la que ya se siente dueña del país, como si Colombia fuera pastel de boda repartido entre ellos. Ahí está el hermano, Carlos Enrique Moreno Mejía, figura central del universo farmacéutico y cabeza del poderoso conglomerado de Audifarma, sobre quien recaen señalamientos públicos de manipular el acceso a medicamentos, esconderlos o retrasarlos cuando el gobierno no les es afín, poniendo en jaque la salud nacional como si manejara las llaves del reino.

Y están los primos del norte, Luis Alberto Moreno y Bernie Moreno, moviendo fichas desde Estados Unidos. Ambos son señalados por sectores políticos y sociales de conspirar abiertamente contra el gobierno de Gustavo Petro. Con un gobierno progresista, no pueden mandar como cuando el país era tratado como herencia familiar, y por eso —según múltiples voces críticas— hacen de todo para sabotear al gobierno, atacar al pueblo colombiano y preparar el terreno para el regreso del uribismo en 2026.

Uribe es famoso, poderoso, protagonista de todos los cuentos de terror que empiezan por “érase una vez, en Antioquia”. Ha sido señalado de fomentar el paramilitarismo, de tener cercanías con el cartel de Medellín durante su paso por la Aerocivil, de cargar con la sombra de los falsos positivos, y en Estados Unidos aparece mencionado como “narcotraficante número 82” en un informe que ha circulado por años en el debate público. Donde él pasa, las sombras lo siguen como clientes fieles.

Pero pocos hablan del personaje realmente enigmático: su Señora.

Lina Moreno no aparece en cámaras sino en susurros.

No da discursos sino órdenes silenciosas.

No firma leyes sino influencias.

Y como repiten las abuelas del país:

“Cuando el marido es malvado, la esposa no está tejiendo bufandas.”

A lo largo de los años se ha visto envuelta en tropiezos laborales, disputas discretas y esa habilidad casi sobrenatural de estar cerca del poder sin aparecer nunca en el acta. Y alrededor de ella se mueven los personajes que completan este cuadro familiar.

Está Carlos Enrique Moreno Mejía, señalado por críticos y denunciantes de manipular la distribución de medicamentos como si fueran piezas de un ajedrez privado que puede inclinar la salud pública.

Está Luis Alberto Moreno, el primo que ha navegado durante décadas por las élites financieras y diplomáticas del continente, influyendo en decisiones que afectan el destino de países enteros, siempre desde la altura cómoda que da pertenecer a un clan acostumbrado a ordenar y decidir.

Y está Bernie Moreno, el primo que, desde Estados Unidos, dedica tiempo y micrófonos a despotricar contra el gobierno de Petro, repitiendo el libreto trumpista, atacando toda política social y promoviendo la narrativa de que Colombia vive en un supuesto caos. Una estrategia que, según sus críticos, busca debilitar al gobierno progresista y justificar la intervención política —directa o indirecta— del uribismo en el escenario internacional.

Todos ellos comparten una obsesión que atraviesa generaciones: el poder.

En la Nación del Sagrado corazón, cualquier reunión de este clan se interpreta como conspiración. Y cuando ellos se juntan, hasta los volcanes tiemblan.

Se dice que mueven fichas, que hacen llamadas al norte, que preparan el “regreso del orden”. No sabemos si es cierto, pero aquí, todo lo que suena, retumba.

Porque la democracia en este país es ese perro callejero que todos dicen amar pero nadie alimenta. Y cuando un clan como este decide volver al poder, la democracia no es el plato fuerte: es el mantel.

Por eso, cuando se mira con detenimiento, no sorprende la conclusión inevitable:

detrás de un maléfico hombre no solo hay una maléfica mujer como Lina Moreno, sino un hermano, dos primos, y quién sabe cuántos más, operando en las sombras de una historia que Colombia conoce demasiado bien.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo