Honduras y Colombia: la derecha narcotraficante camino al poder

Donald Trump, que gobierna como quien maneja un programa de telerrealidad, acaba de hacer uno de esos gestos que solo sorprenden a los ingenuos: indultó al expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, condenado en Estados Unidos por narcotráfico y por sus vínculos con Joaquín “El Chapo” Guzmán. No fue una condena simbólica. La justicia estadounidense concluyó que, bajo su mandato, Honduras funcionó como un narcoestado, donde la política y la economía giraban al ritmo de la cocaína que pasaba de Colombia y Venezuela hacia México.

Lo lógico habría sido que Hernández terminara sus días en una celda norteamericana, como tantos otros capos. Pero Trump decidió convertirlo en mártir, héroe y ficha electoral. ¿Por qué? Porque en Honduras hay elecciones, y Trump quiere que gane el candidato del Partido Nacional, la derecha tradicional. Indultar a su expresidente condenado es, en lenguaje simple, una forma de decirles a los hondureños:

—Este es mi hombre. Este es mi equipo. Este es el lado correcto. Tomen nota.

La obscenidad es evidente: un expresidente condenado por narcotráfico convertido en instrumento de campaña por la potencia que dice librar la guerra contra las drogas. Nada que América Latina no conozca: el doble rasero moral de Washington es tan estable como su dólar.

Pero lo verdaderamente importante no es Honduras.

Es Colombia.

Lo que está probando Trump en Tegucigalpa es el libreto que piensa usar en Bogotá. Porque Trump tiene muy claro que en América Latina no necesita aliados democráticos, sino aliados obedientes. Y ha encontrado en la derecha colombiana —o en buena parte de ella— un aliado histórico, disciplinado y estratégicamente útil. No porque sean santos. No porque representen la pulcritud institucional. Sino porque, desde la Guerra Fría, han sido el socio que nunca protesta cuando los intereses de Washington están en juego.

En Honduras, Trump indulta a un expresidente acusado de aliarse con El Chapo para fortalecer al candidato de la derecha.

En Colombia, no necesita indultar a nadie: basta con bendecir a sus candidatos preferidos, presentarlos como garantes del orden y venderlos como el dique contra el “comunismo”, esa palabra que en el continente sirve para justificar cualquier cosa.

La jugada es la misma:

Reforzar a la derecha tradicional, aunque esté salpicada por décadas de narcotráfico, escándalos, narcopolítica y alianzas turbias.

Debilitar a cualquier opción que no sea funcional para los intereses del poder estadounidense, cuyo verdadero interés parece ser mantener intacta la economía del narcotráfico.

Presentar la seguridad y la lucha contra las drogas como excusa, mientras se apoya políticamente a quienes se han beneficiado del narcotráfico y han construido narcoestados.

En palabras simples:

Honduras es el laboratorio y Colombia también será el objetivo.

Por eso la derecha colombiana tiene comunicación tan fluida con Donald Trump: porque es la eterna aliada del narcotráfico. Trump no está apostando por la democracia en la región. Está apostando por quienes garantizan su agenda y sus lucrativos negocios, aunque vengan escoltados por sombras, capos o prontuarios. Si el indulto de Hernández sirve para mover votos en Honduras, la lección estará lista para replicarse en 2026 en Colombia: bendecir, proteger y exaltar a la derecha, incluso si huele a gasolina y cocaína.

No es una historia nueva.

Es simplemente el viejo libreto del imperio, repetido con actores distintos.

Y, como siempre, son los pueblos los que terminan pagando la cuenta.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo