El tigrillo que el uribismo no quiere

En la derecha colombiana, la supuesta “unidad moral” se desmoronó como galleta de soda en chocolate caliente. Los que juraban ser columna vertebral de la decencia hoy parecen un enjambre de tías furiosas en la sala: cacarean, se contradicen, se acusan, se desmienten y se hunden entre sí con una pasión que ni las mejores telenovelas podrían imitar.

La caída de Miguel Uribe Londoño fue apenas el prólogo de esta tragicomedia. El precandidato mejor posicionado en las encuestas terminó expulsado del Centro Democrático con un comunicado tan frío como una nevera de hospital. Un gesto calculado: Uribe lo dejó ir sin pestañear, como quien sacrifica una ficha menor para mover otras más útiles. Porque si algo le sobra al expresidente es frialdad estratégica.

Y en ese tablero hay un capítulo que pocos se esperaban: el tiro por la culata que se le salió a Abelardo de la Espriella. Resulta —según cuentan en los pasillos de las haciendas— que Abelardo llamó a Uribe para “informarle” sobre movidas de Miguel Uribe Londoño. El famoso sapeo. Pero la jugada le salió peor que mal: fue la oportunidad perfecta para que Uribe dijera en voz alta lo que muchos ya sospechaban… que no quiere con De la Espriella.

No lo ve como aliado, no lo quiere como pupilo, y mucho menos como candidato de la casa. Ahí quedó pintado el panorama: Abelardo creyó que estaba ganando puntos y terminó oyendo el portazo.

Porque, mientras tanto, los nombres que realmente rondan la cabeza del expresidente no están dentro del partido, ni siquiera entre oooolas mujeres que llevan años relegadas a la vitrina simbólica. No. Quienes suenan son Sergio Fajardo y Juan Carlos Pinzón: figuras externas, moderadas, “respetables”, fáciles de vender y, sobre todo, manejables. Uribe siempre ha preferido ese tipo de candidato: alguien que no lo opaque, que no pretenda disputarle el aura de jefe eterno. Uno que permita mantener su banquito de líder sin sobresaltos.

En contraste, Abelardo es la manzana de la discordia. Crece en encuestas, recoge firmas a buen ritmo… pero la derecha tradicional lo mira como quien mira un cuchillo filoso: con recelo y sin ganas de agarrarlo. Lo que dijo Vicky Dávila —que es un candidato ppestancado, que divide, que resta— no es la excepción, es apenas la punta del iceberg. Las críticas no vienen de la izquierda, vienen del propio sector que él cree liderar.

Y es que, dicen las malas lenguas, la desconfianza hacia él tiene raíces más hondas: se le nota la ambición de poder absoluto, el deseo de competir con Uribe en terrenos que nadie confiesa en público —contactos, alianzas no santas, y la eterna disputa por quién es el “macho alfa” de la derecha—. Pero Uribe no va a dejarse destronar tan fácil. La manada es suya, y él decide quién entra.

Por supuesto, todo esto es chisme político, especulación de pasillo, nada comprobado judicialmente —ya sabemos cómo funciona o no funciona la justicia en Colombia—. Algún día tal vez sepamos más.

Por ahora, lo único evidente es esto: Abelardo puede rugir, saltar y sonar fuerte; pero, dentro del uribismo, nadie quiere cazar con él. Es un tigrillo suelto. Solo. Ruidoso. Y profundamente incómodo para la manada goda del platanal.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo