Ley Artes al Aula: arte y paz en la escuela

En un país donde tantas veces el destino de los niños ha sido escrito con el miedo y no con la música, hoy una semilla distinta rompe la tierra. En el Centro Nacional de las Artes Delia Zapata Olivella, el presidente Gustavo Petro sanciona la Ley Artes al Aula, y es como si el país encendiera una vela en medio de un largo apagón. Una ley que no llega con uniformes ni sermones, sino con pinceles, tambores, cuerpos que danzan y palabras que se buscan a sí mismas.

Porque no es cualquier cosa llevar el arte a la escuela: es abrir ventanas donde antes había muros, es enseñarle a un niño que su imaginación también es territorio, que su voz puede ser río y su memoria puede ser puente. Es recordarnos que la creatividad no es lujo ni adorno: es una forma de respirar en un país que tantas veces nos dejó sin aire.

Y conviene decirlo sin temblor en la voz: un gobierno que odia la diversidad jamás gestaría un gesto así. Quienes prometen perseguir a los indígenas, acallar a la izquierda, barrer lo que no cabe en su estrecho espejo, nunca sembrarían arte en las escuelas; sembrarían miedo. Convertirían las aulas en trincheras donde solo sobreviven los obedientes, donde el pensamiento distinto se mira como amenaza.

Pero esta ley no nació de ese país que algunos quieren resucitar a golpes. Esta ley nació de otro país que insiste en existir: el de las niñas que bailan para no olvidar, el de los jóvenes que pintan para no rendirse, el de los maestros que saben que el arte es la forma más pacífica de la rebeldía.

Hoy, el Gobierno del Cambio pone en manos del futuro un pincel, un tambor, un poema.

Y cada niño que cree en su propia creación es una derrota anticipada para los profetas del odio.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo