Trump y la nueva piratería imperial: el bloqueo naval contra Venezuela

Donald Trump, ese emperador de peluquín inflamable y verbo de cantina, anunció con tono de corsario con patente de corso que Venezuela está “rodeada por la armada más grande jamás reunida en Sudamérica” para impedir la circulación de buques petroleros “sancionados”. Habló como hablaban los piratas “respetables” del Imperio británico: señaló el mar, marcó la presa y dio permiso para el abordaje. Lo dijo como quien inaugura temporada de pesca, aunque lo que huele aquí no es a salitre sino a asalto en alta mar.

En los siglos XVI y XVII, Inglaterra no siempre declaraba la guerra: enviaba a Francis Drake y compañía, piratas con carta firmada por la Corona para saquear galeones españoles en el Caribe. No eran ladrones, decían, sino defensores del orden imperial. Hoy no hay cofres de oro ni navíos de madera, pero el método es idéntico: fragatas en lugar de carabelas, sanciones en lugar de espadas, petróleo en lugar de lingotes. El saqueo sigue siendo el mismo, solo que ahora navega con GPS.

El argumento es una joya del absurdo jurídico: según el señor Trump, el petróleo venezolano es “robado”. Robado… ¿a quién? ¿A Exxon? ¿A Chevron? ¿Al Museo Británico de los hidrocarburos imperiales, que lleva siglos exhibiendo botines ajenos? Porque hasta donde alcanza el derecho internacional —ese fastidio para los imperios— los recursos naturales pertenecen al Estado en cuyo subsuelo yacen. Pero cuando el dueño es latinoamericano, el recurso deja de ser soberano y se convierte automáticamente en presa colonial.

Más delirante aún es la acusación de que ese petróleo financia el narcotráfico. Lo dice el mismo país que inundó el mundo de cocaína, armas, guerras y dictaduras, y cuyos bancos lavan dinero con una eficiencia que haría sonrojar a cualquier corsario antiguo. Pero así operaban también los piratas del Caribe: primero acusaban al otro de criminal, luego justificaban el saqueo. Hoy el libreto se repite: si no nos gusta tu gobierno, te declaramos narcotraficante o terrorista y después te bloqueamos a cañonazos “por la democracia”.

El bloqueo naval —llamémoslo por su nombre— es un acto de guerra según el derecho internacional. No puede imponerse sin mandato de la ONU, no puede hacerse de forma unilateral y no puede justificarse con bravatas imperiales. Pero Trump lo anuncia sin ONU, sin ley y sin vergüenza, como en los viejos tiempos del saqueo colonial, cuando la fuerza era el derecho y el botín la razón.

Esto no es política exterior: es piratería moderna con bandera de barras y estrellas. Fragatas del siglo XXI haciendo lo mismo que hacían los bucaneros del Caribe: interceptar barcos, confiscar cargamentos y apropiarse de riquezas ajenas en nombre de un imperio que se cree dueño del mar.

Y ojo, señores y señoras: este es el personaje que respalda a la derecha colombiana para tomarse el poder en 2026. El mismo que habla de orden mientras saquea, de legalidad mientras bloquea, de libertad mientras asfixia países enteros.

Donald Trump no es un estadista: es un pirata tardío, con peluquín en lugar de tricorno y portaaviones en lugar de galeón. Un corsario del siglo XXI convencido de que el mundo sigue siendo botín.

Así que ya saben: ni un voto para la derecha criminal colombiana, la versión local del saqueo global. Porque cuando el imperio señala, no acusa: reclama botín.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo