Jesús —dice la historia— nació pobre, nació desplazado, nació en una esquina del imperio.
Nació en Belén, que está en Palestina.
Nació sin posada y sin permiso.
Nació, teóricamente, palestino.
Pero este año la cuna no abre.
La estrella no llega.
El camino está cerrado.
Belén sigue ahí, sí. La geografía no se mueve. Lo que se mueve es la vida: se encoge, se esconde, se apaga. En nombre de la seguridad, se levantan muros; en nombre del orden, se borran nombres; en nombre de la guerra, se callan villancicos. Jesús no ha podido nacer allí, no porque falte fe, sino porque sobra violencia. El sionismo armado convirtió el pesebre en puesto de control.
Mientras el mundo enciende luces, en Gaza se apagan casas.
Mientras se reparten regalos, se reparten cifras: decenas de miles de personas asesinadas, una proporción que duele más cuando se pronuncia la palabra “niños”. Niños que no aprendieron a leer pero ya saben huir; niños que no llegaron a cantar pero ya saben guardar silencio. La estadística intenta ser neutral; el duelo no.
Dicen que Navidad es esperanza.
Pero la esperanza no resiste los bombardeos.
La esperanza necesita tregua, pan, agua, nombre propio.
Jesús fue un niño bajo ocupación.
Su historia es la de los cuerpos pequeños frente a los poderes grandes.
Por eso, si hoy mirara el mundo, no estaría del lado de los misiles ni de los discursos impecables: estaría del lado de las madres que cuentan ausencias, del lado de las manos que buscan entre ruinas, del lado de los niños que no llegan a cumplir años.
Este año no hay Navidad.
Hay memoria.
Hay duelo.
Hay una verdad incómoda que no cabe en el pesebre: no se puede celebrar la vida mientras se normaliza el exterminio.
Que el saludo sea claro y sin adornos: Palestina libre.
Cuando la justicia regrese a Belén, quizá —solo quizá— vuelva a nacer la Navidad.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

