El Consejo Nacional Electoral cree que está cerrando el paso. En realidad, está empujando. En su afán por poner obstáculos “técnicos”, por inventar candados jurídicos y por decidir con jueces que no se apartan ni cuando deberían, puede estar haciéndole el mayor favor político imaginable a Iván Cepeda Castro.
La consulta del 8 de marzo, tal como está planteada entre las trabas del CNE y las maniobras del uribismo para impedir que Cepeda participe y así dividir a la izquierda, promete poco: bajo caudal electoral, escasa movilización y un resultado que difícilmente encendería entusiasmos. Ganar ahí no convierte a nadie en favorito presidencial; apenas lo certifica como sobreviviente de un trámite. Sacar a Cepeda de ese escenario no lo debilita: lo fortalece. Lo saca del pantano procedimental y lo lanza, directamente, al terreno donde se ganan las elecciones de verdad.
Porque la elección presidencial no se decide con resoluciones ni con tecnicismos. Se decide con emociones. Y nada moviliza más que la sensación de injusticia. Cuando el poder parece torcer las reglas para excluir, fabrica símbolos. Y los símbolos, en política, pesan más que cualquier consulta de baja intensidad.
Detrás de esta torpeza institucional asoma, como casi siempre, la sombra de Álvaro Uribe Vélez. No hace falta que dé órdenes ni que firme papeles: basta con que sus viejas redes jurídicas sigan funcionando. El resultado puede ser paradójico. En vez de frenar a Cepeda, pueden estar ayudándolo a llegar a mayo con algo que ningún trámite otorga: una candidatura cargada de rabia, memoria y sentido político.
En Colombia, cada vez que el poder intenta administrar la democracia desde los escritorios, termina recordándole a la gente que el voto sigue siendo la última palabra. Y esa palabra, cuando llega cargada de indignación, suele ser más fuerte de lo que sus administradores imaginan.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

