El extraño milagro diplomático: cuando todos quedaron proyanquis

La reunión entre Donald Trump y Gustavo Petro en Washington produjo un fenómeno digno de estudio clínico: dejó a la derecha llamando proyanqui imperialista a Petro, y a una parte de la izquierda celebrando porque el papá del imperio ya no nos odia. Un empate técnico en la esquizofrenia política.

La derecha, que ayer juraba amor eterno a la bota gringa, despertó indignada porque Petro —ese mismo al que acusaban de incendiar la relación bilateral— estrechó la mano equivocada en el momento correcto. “Entregado”, “arrodillado”, “agente del imperio”: el diccionario patriótico se agotó en minutos. Mientras tanto, desde la izquierda se escucharon aplausos emocionados: Trump no gruñó, no gritó, no amenazó. Milagro diplomático. La soberanía, por esta vez, cabía en una foto.

Y es que el señor naranja estuvo sorprendentemente calmado. No hubo bravuconadas, ni tuits incendiarios, ni ultimátums con sabor a pólvora. Quizá porque este fin de semana volvieron a circular —con fuerza— los horrores documentales asociados a los archivos de Jeffrey Epstein: revelaciones y señalamientos que medios y registros judiciales han venido exponiendo y que vuelven incómoda cualquier pose de sheriff moral. En ese contexto, más de un colombiano temió lo peor: captura presidencial exprés, bombardero rumbo a Bogotá y una transición “ordenada” con Francia Márquez de presidenta provisional mientras el uribismo desempacaba al designado. Así de feo pintaba el cuadro en la imaginación colectiva.

Pero no. Al final llegó el gesto balsámico: un “I love Colombia” dicho sin colmillos. Y el país respiró. No porque el imperio nos quiera —eso dura lo que dura un aplauso—, sino porque, por un día, no nos odió en voz alta. A veces, en diplomacia, el alivio también cuenta como victoria. Aunque sea mínima. Aunque sea prestada. Aunque mañana vuelva el ruido.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo