El exterminio de las infancias: cuando Estados Unidos trafica y vende bebés

No fue Jeffrey Epstein.

No empezó con Donald Trump.

La violencia contra las infancias no es un escándalo reciente ni un desvío individual: es una práctica sistemática, administrada desde el poder y protegida por la impunidad.

En abril de 1975, mientras Vietnam del Sur colapsaba y Saigón estaba a punto de caer, Estados Unidos ejecutó una operación que llamó Operación Babylift. La presentó como humanitaria. No lo fue. Fue tráfico y venta de bebés bajo la coartada de la guerra. Bajo la narrativa del “rescate de huérfanos”, más de 3.000 bebés y niños vietnamitas fueron extraídos del país y enviados a Estados Unidos y a otras potencias occidentales para ser dados en adopciones que movieron dinero, prestigio y poder. Cuando un país arde, la infancia queda sin voz; cuando el poder habla de salvación, suele esconder despojo.

El 4 de abril de 1975, el primer vuelo militar despegó de Saigón en un C-5A Galaxy cargado de bebés. No era un avión para niños, sino para tropas y armamento. Minutos después, la aeronave se estrelló contra un dique y se partió en cuatro. Murieron 78 bebés y niños. Así empezó la operación. Sin pausa. Sin duelo. Sin responsables.

La versión oficial habló de compasión. Los hechos contaron otra historia. Muchos de esos niños no eran huérfanos. Tenían madres, padres y abuelas que los habían dejado temporalmente en orfanatos mientras huían de los bombardeos. El consentimiento fue, en numerosos casos, inexistente o forzado. Los vuelos siguientes continuaron en condiciones precarias: bebés enfermos, deshidratados, sin revisiones médicas adecuadas, transportados durante horas interminables en aviones militares. La infancia convertida en mercancía para alimentar un sistema de adopciones transnacionales donde familias ricas del Norte pagaban y el Sur perdía a sus hijos.

Una de las primeras voces en denunciarlo fue la enfermera vietnamita Muoi McConnell, quien junto con el Comité para Proteger los Derechos de los Niños de Vietnam presentó una demanda el 29 de abril de 1975. Denunció la salida de niños sin consentimiento familiar y la violación de derechos fundamentales. La denuncia existió. La rendición de cuentas, no.

Décadas después, aquellos bebés crecieron. Muchos buscaron su origen con pruebas de ADN y archivos incompletos. Surgió Operation Reunite. Los reencuentros fueron mínimos: apenas una docena entre miles de separaciones. Estados Unidos nunca asumió responsabilidades. No hubo condena internacional ni memoria institucional. La impunidad fue total.

Por eso Jeffrey Epstein no es una anomalía, sino un síntoma. Epstein traficó niñas y las sometió a violencia sexual durante años, protegido por redes de poder. Donald Trump no es un accidente histórico, sino parte de una cultura política que banaliza la violencia sexual y protege a los agresores cuando son ricos y poderosos.

En Vietnam hubo extracción masiva, tráfico y venta de bebés bajo el lenguaje del rescate. En las islas privadas hubo explotación sexual directa bajo el lenguaje del privilegio. Cambia el escenario, no el fondo: la infancia como territorio de conquista.

Mientras no se nombre como lo que es —un exterminio lento de las infancias— seguirá repitiéndose. Con otros nombres. Con otros aviones. Con otras islas.

La memoria no absuelve a quien trafica y vende bebés.

La historia tampoco.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo