En la política colombiana hay carreras que se queman solas. A veces por exceso de ambición, a veces por exceso de micrófono. Y a veces —como en este caso— por exceso de bala.
Laura Gallego, conocida en redes como “Miss Bala”, descubrió en estas elecciones una lección sencilla: los discursos de odio y las amenazas de muerte no sirven ni para ser reina de belleza ni para ser congresista.
Primero perdió la corona de Señorita Antioquia después de que circularan videos donde preguntaba alegremente en entrevistas:
“¿Bala para Petro o bala para Daniel Quintero?”
Y cuando alguien respondía, sugería que al presidente, por lo menos, le dieran “un cachazo”.
Después decidió ampliar su repertorio. Llamó al presidente “cáncer”, lo insultó repetidamente en redes y, como si el debate político necesitara todavía más degradación, propuso en un video que el hijo de 15 años del senador Iván Cepeda fuera enviado a la guerrilla.
No es fácil imaginar un curso de derecho constitucional que recomiende esas estrategias.
Porque, pedagógicamente hablando, ahí aparecen varios posibles delitos:
Amenazas contra figuras públicas.
Instigación a la violencia.
Hostigamiento, figura incluida en la legislación colombiana contra discursos que promueven violencia o discriminación.
Y, en el caso del comentario sobre el hijo de Cepeda, exposición de un menor de edad a violencia política.
En cualquier democracia seria, frases así al menos abrirían una discusión judicial.
Pero en Colombia la Fiscalía parece tener un oído selectivo. Algunas palabras viajan rápido hacia los despachos judiciales; otras, en cambio, parecen perderse en el aire.
Donde sí hubo reacción fue en otro tribunal menos burocrático: las urnas.
La candidata no logró ser congresista, ni siquiera en Antioquia, tierra donde el discurso de “mano dura” ha sido históricamente rentable.
Y ahí está la pequeña moraleja política de esta historia.
Mientras algunos siguen creyendo que la política se gana prometiendo bala, el electorado empieza a enviar otra señal: Colombia está cambiando y las promesas de muerte ya no seducen tanto al pueblo.
Tal vez la justicia llegue después.
Pero por ahora, la democracia ya dictó su primer veredicto.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

