Dos mujeres del Cauca
Colombia tiene la curiosa habilidad de condensar sus disputas históricas en personajes concretos. A veces la historia no necesita tratados ni bibliotecas: basta con mirar quiénes aparecen en la escena política y qué representan. En estas elecciones, el contraste se dibuja con nitidez en dos mujeres nacidas en el mismo departamento: el Cauca.
De un lado está Aida Quilcué, lideresa indígena nasa que aprendió política en el territorio. No en los clubes de Bogotá ni en los salones de las familias notables, sino en las mingas, en las asambleas comunitarias, en el largo aprendizaje del gobierno propio indígena. Ha sido consejera mayor del CRIC, ha caminado con la guardia indígena y llegó al Senado llevando consigo esa experiencia colectiva. No es casual que Iván Cepeda la haya escogido como fórmula vicepresidencial. En un país acostumbrado a que la política se decida entre apellidos ilustres, la presencia de Quilcué recuerda que también existen liderazgos nacidos de la tierra y de la organización social.
Del otro lado está Paloma Valencia, también caucana, heredera de una tradición política mucho más antigua: la de la aristocracia terrateniente de Popayán. Su apellido no es cualquier apellido. Es el del poeta y político conservador Guillermo Valencia, su abuelo, quien en los tiempos en que el movimiento indígena empezaba a levantar cabeza detestaba a Manuel Quintín Lame, el gran líder indígena del Cauca. La historia —y la memoria oral que en estas tierras suele ser más persistente que los archivos— recuerda que cuando Lame fue capturado y llevado preso a Popayán, Valencia no dudó en humillarlo, insultarlo y golpearlo. Para la élite payanesa, Lame no era un ciudadano reclamando derechos, sino un indio insolente que debía ser reducido.
Ese desprecio racial no era una rareza personal. Era la forma en que el poder miraba a los pueblos indígenas: como estorbo para el orden de las haciendas.
A veces las ideas también se heredan.
Paloma Valencia lo ha demostrado con una constancia notable. En 2015 propuso dividir el Cauca en dos: un territorio indígena y otro —según sus palabras— “con vocación de desarrollo”. Una especie de cartografía del apartheid criollo donde algunos territorios merecerían progreso y otros quedarían confinados a su diferencia.
Y más recientemente fue todavía más lejos: sugirió retirar agua, alimentos y transferencias estatales a los resguardos indígenas que participen en bloqueos. Es decir, usar el hambre y la sed como método de presión política. No la bala, sino la inanición administrada.
Por eso el contraste resulta tan revelador.
Aida Quilcué representa una política nacida de la defensa del territorio, de la vida y de la autonomía de los pueblos.
Paloma Valencia, en cambio, representa una tradición política que durante siglos vio a esos mismos pueblos como problema, como obstáculo o como amenaza.
Dos mujeres del mismo departamento.
Una encarna la posibilidad de que Colombia se piense desde sus pueblos originarios.
La otra repite, con notable fidelidad, los viejos reflejos de exclusión de la aristocracia caucana.
No es solo una disputa electoral.
Es un espejo bastante preciso de la democracia colombiana.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

