La selva no olvida. Guaviare tiene la piel surcada por el miedo y la memoria. En Calamar, un municipio perdido entre la espesura, la tierra parió ocho cuerpos. Ocho líderes. Ocho nombres que no debieron ser enterrados así, sin despedida, sin justicia, sin protección.
Jesús Valero, Carlos Valero, Marivel Silva, Isaid Gómez, Maryuri Hernández, Óscar Hernández, James Caicedo y Nixon Peñaloza Chacón. Eran pastores, lideresas, dirigentes comunitarios. Eran la voz de los que no tienen voz, y por eso les silenciaron.
Los citaron el 4 de abril. Una llamada, un mensaje, una orden. El Frente Primero «Armando Ríos» de las disidencias de las FARC los convocó, con la excusa de evitar que el ELN sembrara raíces en la región. Fue una trampa. No era una reunión. Era una sentencia.
Las mujeres que los acompañaban fueron devueltas. A ellos los desaparecieron. Los llevaron a un predio abandonado. Allí, según la Fiscalía, ejecutaron las órdenes de alias Iván Mordisco. La selva lo encubrió todo, como tantas veces. Hasta ahora.
Los cuerpos fueron hallados a finales de junio, tras una búsqueda empujada por la terquedad de las familias, de las iglesias y de los dolientes. Cuarenta días sin saber nada. Cuarenta días de silencio estatal.
Hoy el presidente Petro condena el crimen. La Defensoría habla de crisis humanitaria. La Fiscalía identifica a los autores. Pero los hechos hablan más alto: en Calamar no manda la ley, manda el miedo. Los cultos religiosos deben hacerse antes de las seis. La vida vale menos que una sospecha.
¿Dónde estaba el Estado? ¿Dónde estaban los esquemas de protección, los planes de prevención, las alertas tempranas? La verdad es que en Guaviare, como en tantos otros rincones de Colombia, los líderes caminan descalzos, sin blindaje, en territorio ajeno.
Ocho cuerpos. Ocho historias. Ocho fuegos apagados por la guerra sin fin. Que no se diga que no lo sabíamos. Que no se diga que fue por error. Esto fue un crimen político. Fue un mensaje de poder. Y también fue un fracaso del Estado.
Porque mientras no se garanticen la vida, la fe y la palabra, la paz seguirá siendo una promesa incumplida que se pudre en una fosa común.
Y sin embargo, todavía hay románticos de la revolución que se niegan a ver lo que estos grupos criminales son hoy: máquinas de exterminio al servicio de intereses oscuros. Su modus operandi no tiene nada que envidiarle al de los paramilitares de la época de Pastrana y Uribe. Asesinan, desaparecen y aterrorizan con una sola intención: borrar al movimiento social y popular del mapa, cumplir el viejo sueño de la criminal derecha colombiana, ahora con otros disfraces y los mismos fusiles.
Prensa Justicia & Dignidad
Julio de 2025

