María Fernanda Cabal: micrófono y oportunismo en el velorio de Miguel Uribe Turbay

En la derecha colombiana la política no se hace con ideas, se hace con cadáveres. No hay tumba que no se explote, ni duelo que no se convierta en espectáculo. El caso de Miguel Uribe Turbay es el ejemplo perfecto: mientras su cuerpo descansa, su nombre sigue trabajando horas extra como franquicia electoral.

Primero apareció María Fernanda Cabal, micrófono en mano —literalmente— para recordarle a la viuda, en pleno velorio, que “no conoce Colombia”. Un acto de compasión tan grande que solo podía salir de la bancada del odio. Cabal, siempre lista para dictar cátedra, no desperdicia ni los entierros: allí donde otros guardan silencio, ella aprovecha para marcar territorio político, aunque el escenario sea un salón funerario y la música de fondo, el llanto de los hijos.

Y luego está Claudia Tarazona, la viuda, que entre lágrimas también se acomodó a la tarima. Porque, ojo, cuando Miguel aún respiraba en la clínica, ella ya estaba haciendo política, dando declaraciones, posando para cámaras, organizando su relato heroico. No faltó quien dijera que quería convertirse en la María Corina Machado criolla, con la bandera de “la viuda valiente” como carta de presentación. El dolor se volvió branding, la tragedia una precampaña.

Pero el espectáculo no estaría completo sin el padre, Miguel Uribe Londoño, convertido en oráculo del dolor rentable. Con declaraciones medidas para la prensa y el libreto listo para los noticieros, el patriarca encontró en la desgracia la oportunidad de mantener vigente un apellido que, de otra manera, ya estaría archivado en la memoria burocrática del uribismo. Donde el hijo quedó inmóvil, el padre se mueve con la fluidez de quien sabe que las lágrimas también son capital político.

Entre el papá opinando, la esposa interpretando su papel de lideresa emergente y las compañeras de bancada midiendo cuál lágrima es más rentable, la derecha demuestra que no sabe diferenciar entre un duelo y una convención partidista. El ataúd dejó de ser símbolo de respeto y se transformó en un set de televisión con rating asegurado.

Lo verdaderamente grotesco es que Miguel, en vida, era apenas un cuadro en construcción; en muerte, se volvió la mina de oro de una colectividad sin imaginación. No importa quién lo use —su papá, su esposa o Cabal—, lo cierto es que todos lo exprimen como si de un mártir hecho a la medida se tratara.

La necropolítica uribista no respeta ni la última morada. Aquí los muertos no descansan en paz: descansan en campaña.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo