Trump, Milei y el Nobel del Cinismo Universal

Alfred Nobel inventó la dinamita. Un día leyó su propio obituario por error —un periodista confundió a su hermano muerto con él— y quedó horrorizado: “El mercader de la muerte ha muerto”. Entonces, para limpiar su conciencia, dejó su fortuna destinada a premiar a quienes trabajaran por la ciencia, la literatura y, curiosamente, la paz.

La paz, nada menos, financiada por la dinamita.

Pero el testamento de don Alfred fue más claro que sus sucesores: el Premio Nobel de la Paz debía concederse a quien “hubiese hecho el mayor o mejor trabajo en favor de la fraternidad entre las naciones y la reducción de los ejércitos”.

Lo que vino después fue una tragicomedia nórdica: el galardón lo entrega un comité nombrado por el Parlamento noruego, un país que pertenece a la OTAN y exporta gas, armas y lecciones de hipócrita moral. Los cinco miembros del actual comité —del Partido Laborista, el Conservador y el ultraderechista Partido del Progreso— podrían reunirse perfectamente en un club de tiro al blanco. Son, literalmente, los guardianes del militarismo europeo decidiendo quién merece el premio “de la paz”.

Los actuales miembros del Comité Noruego del Nobel de la Paz (2024) son:

Jørgen Watne Frydnes – Partido Laborista (Arbeiderpartiet). Aunque se autodefine socialdemócrata, su partido ha apoyado las operaciones militares de la OTAN y la venta de armas a Israel y Arabia Saudita.

Kjersti Fløgstad – Conservadora (Høyre), cercana a la industria energética noruega. Defiende el “liderazgo moral de Occidente” y la participación noruega en alianzas militares.

Asle Toje – Partido del Progreso (Fremskrittspartiet), formación de ultraderecha antiinmigrante y euroescéptica; admirador confeso de Trump y crítico del feminismo.

Kristin Clemet – Conservadora (Høyre), exministra de Educación. Firme defensora de la privatización educativa y del libre mercado, además de promotora del intervencionismo “democrático” en el exterior.

Anne Enger – Partido de Centro (Senterpartiet), ruralista nacionalista, con posiciones tradicionalistas y un pasado de apoyo a políticas antimigratorias.

En conjunto, representan una Noruega que se proclama “neutral” mientras es miembro fundador de la OTAN, proveedor de gas y armas, y custodio de la moralina global.

Y así les ha ido.

En 1973 se lo dieron a Henry Kissinger, cerebro de la guerra de Vietnam y promotor del golpe de Pinochet. Dos miembros del comité renunciaron en protesta; el co-premiado vietnamita, Lê Đức Thọ, lo rechazó. Fue el primer Nobel de la Guerra, aunque no el último.

Después vino Menájem Beguin, responsable de la masacre de Deir Yassin antes de ser primer ministro de Israel; Barack Obama, que recibió el galardón por prometer paz mientras ampliaba la guerra con drones; y Aung San Suu Kyi, símbolo de la democracia en Myanmar, convertida luego en cómplice del genocidio rohingya.

Y, por supuesto, Abiy Ahmed, el “pacificador etíope” que, tras recibir el Nobel, encendió una guerra civil en Tigray.

La historia del Nobel de la Paz parece escrita por Kafka y dirigida por Tarantino.

El premio, que en teoría debía celebrar el desarme y la fraternidad, se ha vuelto el espejo invertido del mundo: mientras más bombas tiras, más posibilidades tienes de ganarlo.

Es como si Iván Duque, Zapateiro y Molano recibieran el Premio Nacional de Derechos Humanos después de bombardear niños reclutados y asesinar jóvenes durante el estallido social.

O como si les dieran el primer y el segundo puesto en garantías laborales a D1 y a Rappi.

Y ahora, la cereza del absurdo: María Corina Machado, figura de la derecha venezolana, que ha pedido públicamente una intervención militar extranjera para “liberar” a su país, es propuesta al Nobel de la Paz.

Sí: la misma que implora a Netanyahu —el carnicero de Gaza— y a Donald Trump —el predicador de muros y caza migrantes— que “salven a Venezuela a punta de misiles”.

A esa lógica delirante habría que seguirle el juego: que le den a Trump el Nobel de la Paz por bombardear lanchas en el Caribe de inocentes pescadores, y a Javier Milei el de Economía por dinamitar su propio Banco Central y regalarle la Patagonia a Netanyahu a cambio de nada.

El mundo, al parecer, se volvió una parodia escrita por un algoritmo y patrocinada por la OTAN.

Quizás habría que cambiarle el nombre.

Ya no es el Premio Nobel de la Paz, sino el Nobel de la Guerra Preventiva, el Nobel del Bombardeo Humanitario, o el Nobel del Cinismo Universal.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo