En Colombia, las madres no se rinden.
Cuando el Estado les arrebató a sus hijos, ellas aprendieron a hablar el idioma de la ausencia.
Les dicen las Madres de Soacha, o MAFAPO, y llevan más de quince años buscando justicia por los jóvenes que el Ejército presentó falsamente como guerrilleros muertos en combate.
Hace unos meses, esas mujeres instalaron frente al Congreso de la República, en la Plaza Rafael Núñez, una obra de memoria:
botas de caucho, pintadas y dispuestas como ofrenda.
Eran las mismas botas que los soldados les ponían a los cuerpos de sus hijos después de asesinarlos, para convertirlos en trofeos de guerra.
Las mismas botas que simbolizan una de las páginas más infames de la historia reciente: los falsos positivos.
La Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) reconoció 6.402 víctimas, pero las cifras reales son mucho mayores.
Durante el gobierno de Álvaro Uribe Vélez, se exigía a los oficiales del Ejército presentar “bajas en combate” como requisito para ascender.
Cada ascenso pedía 500 muertos.
Y en los cementerios del país reposan más de 25.000 cuerpos sin nombre, enterrados como guerrilleros NN.
Fosas comunes que no son de la guerra, sino de la impunidad.
En medio de ese altar de memoria llegó un congresista de extrema derecha: Miguel Polo Polo.
Llegó sin respeto, con cámaras y micrófono, y empezó a recoger las botas y meterlas en bolsas de basura, entre burlas, calificando el homenaje de “basura guerrillera”.
No eran botas, decía, sino “un montaje”.
Y con su gesto volvió a matar a los hijos de Soacha, esta vez simbólicamente.
El país entero lo vio.
Y el país entero calló demasiado tiempo.
Por ese acto, la Corte Suprema de Justicia citó a Miguel Polo Polo a indagatoria el 10 de octubre, acusado de hostigamiento y discriminación agravada contra las víctimas del conflicto armado.
Pero más allá de los códigos penales, su acción reveló algo más profundo:
el desprecio con que parte del poder mira a los pobres, a los jóvenes, a las madres que no se cansan de buscar.
Las Madres de Soacha no piden venganza.
Piden justicia, verdad y dignidad.
Piden que Colombia deje de enterrar su vergüenza en bolsas negras.
Que los responsables —militares, civiles y políticos— respondan.
Que la historia no se repita.
Porque lo que Polo Polo hizo no fue una simple falta de respeto.
Fue una infamia, un acto de odio contra quienes encarnan la resistencia moral de este país.
Las botas de caucho que él arrojó a la basura no eran basura:
eran testimonio.
Eran la prueba del crimen que el Estado quiso ocultar,
y el recordatorio de que todavía hay madres que caminan con el corazón lleno de nombres.
Un país que permite que se insulte así a sus víctimas es un país que aún no ha aprendido a mirar su propio espejo.
Pero esas madres, con su terquedad sagrada, seguirán alzando las fotos de sus hijos.
Seguirán hablando cuando todos callen.
Seguirán repitiendo la consigna que el poder teme escuchar:
“No más impunidad. No más olvido.”
Movimiento Nacional de Madres y Mujeres por la Paz

