No sorprende a nadie la absolución de Álvaro Uribe Vélez. En Colombia la justicia tiene memoria selectiva y corazón de piedra; la corrupción no es excepción, es regla. La absolución de Uribe por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó la condena de 12 años impuesta en primera instancia por la jueza Sandra Heredia, no es más que otra confirmación de lo que muchos ya sabían: la justicia en Colombia es un teatro donde los actores principales son los mismos de siempre.
Lo que sí merece aplauso son las mujeres fiscales, la jueza y las magistradas que, con paciencia y coraje, pusieron nombres y hechos sobre la mesa. La fiscal Marlenne Orjuela, con su tenacidad, presentó pruebas contundentes que evidenciaban la culpabilidad de Uribe en los delitos de soborno en actuación penal y fraude procesal. La jueza Sandra Heredia, en su momento, fue valiente al declarar culpable a Uribe, basándose en pruebas sólidas. Y la magistrada María Leonor Oviedo Pinto, al salvar su voto en contra de la absolución, dejó claro que la integridad todavía puede abrirse camino en un sistema empañado por la corrupción. Estas mujeres son la verdadera esperanza de la justicia en Colombia.
Pero la impunidad sigue paseando por las calles como si nada: defensores de derechos humanos asesinados, masacres, falsos positivos… todo queda en la penumbra mientras los monstruos de la historia se dan el lujo de sonreír. Sin embargo, la esperanza se agarra con uñas: llegará el día en que estos crímenes no queden impunes. Pero ojo, si no se reforma la justicia a través de algo serio —una Asamblea Constituyente— la impunidad seguirá siendo el pan de cada día.
Mientras tanto, seguimos viendo, aprendiendo y reconociendo el valor de quienes se atreven a enfrentar lo obvio. Porque en Colombia, decir lo obvio ya es un acto de valentía.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

