En Colombia tenemos una vieja y perezosa costumbre: cuando no sabemos cómo discutir el poder, discutimos el cuerpo. Y cuando el poder molesta de verdad, lo adornamos con una caricatura para no tener que explicarlo. Así pasó con la última ocurrencia de Matador, que decidió burlarse del cuerpo de Paloma Valencia, como si la circunferencia de una cadera explicara algo de la devastación institucional que produce su carrera política.
Conviene decirlo sin rodeos: ahí Matador se equivoca. No por falta de talento —que lo tiene— sino por ignorancia política y por misoginia perezosa. Burlarse del cuerpo de una mujer no es sátira: es atajo. Y el atajo, en política, casi siempre lleva al despeñadero equivocado. Además, estropea el camino del progresismo, porque desplaza el debate de fondo y le hace un favor inmerecido a quien debería ser cuestionada por sus actos, no por su anatomía.
Aclaremos de entrada lo obvio —que en Colombia siempre toca aclararlo—: la gordura de Paloma Valencia no es un problema. No lo fue, no lo es, ni lo será. Nadie gobierna con el índice de masa corporal. Nadie erosiona la democracia con las llantas. Nadie bloquea reformas, anula elecciones o paraliza al Estado con el ancho de la cintura. Burlarse del cuerpo de una mujer —cualquiera— no es crítica política: es distracción. Y además, da papaya.
Porque mientras el país se entretiene discutiendo si el chiste fue “ofensivo” o “valiente”, Paloma hace lo que mejor sabe hacer: demandar. Demandar como método. Demandar como programa. Demandar como ideología. Demandar como forma de gobierno sin votos.
El problema de Paloma Valencia no está en el espejo, sino en los expedientes. En esa guerra jurídica —ese lawfare criollo, de toga y membrete— que ha convertido en su especialidad. No legisla: anula. No debate: suspende. No convence: paraliza.
Y ahora suma dos movimientos más a su arsenal. Le pidió a la Corte Constitucional la suspensión del decreto de emergencia económica, no porque el decreto sea ilegal en sí mismo, sino porque cualquier ejercicio real del poder ejecutivo le resulta intolerable cuando no pasa por su filtro ideológico. Y, como complemento perfecto, acudió al Consejo de Estado para solicitar la suspensión del decreto que incrementó el salario mínimo en un 23 %: una decisión que afecta a millones de trabajadores, frenada no desde la deliberación democrática, sino desde el expediente.
Eso es lo verdaderamente nefasto de su estrategia: no discute el modelo económico, lo congela; no derrota proyectos en el Congreso, los inmoviliza en los tribunales; no gana mayorías, produce incertidumbre. Cada demanda no busca mejorar la democracia, sino bloquearla. Convertir gobernar en una carrera de obstáculos legales donde todo acto del Ejecutivo nace bajo sospecha y toda reforma debe sobrevivir primero al despacho de un magistrado.
Ahí está el retrato político que sí merecía una caricatura —una buena, una útil— y que Matador decidió no hacer: la senadora que demandó la personería del Pacto Histórico para impedir que la izquierda se organizara; que fue contra Progresistas por deporte procesal; que atacó la reforma pensional porque la palabra “solidaridad” le produce alergia ideológica; que fue contra el decreto de salud para blindar intereses privados; que celebró la anulación de la rectoría de la Universidad Nacional como si hubiera tomado una fortaleza; y que hoy intenta congelar tanto una emergencia económica como el salario mínimo, no por amor a la Constitución, sino por miedo a que el Ejecutivo ejecute.
Mientras la derecha pierde elecciones, Paloma gana autos admisorios. Esa es su verdadera curul: invisible, no electa, pero eficaz. Una forma elegante de gobernar sin pasar por el fastidio del voto popular.
Y en el centro de esa diana jurídica aparece Gustavo Petro, no porque haya cometido delito alguno, sino porque incomoda. Porque gobierna. Porque ejecuta. Porque no concibe la política como una guerra de exterminio legal. Entonces hay que mantenerlo ocupado defendiéndose, respondiendo demandas, explicando lo que no debería explicarse nunca.
Todo esto —todo— es infinitamente más grave que cualquier caricatura sobre el cuerpo de Paloma Valencia. Pero claro, eso exige escribir, argumentar, leer autos judiciales y entender el daño estructural que hace la judicialización selectiva de la política. Mucho más fácil dibujar una barriga.
Así no se hace política, Matador.
Así se hace ruido.
Material contra Paloma Valencia hay de sobra. Sobran hechos, sobran demandas, sobran bloqueos.
El cuerpo de Paloma es lo de menos. Hasta linda se ve.
Lo grave —lo verdaderamente feo— es el daño que le hace al país.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

