El 8 de marzo no habrá consulta de izquierda. No es una consigna ni un arrebato retórico: es un hecho político. Sin Iván Cepeda Castro, impedido por el Consejo Nacional Electoral, lo que queda no es una contienda ideológica sino un trámite administrativo: una consulta sin izquierda, sin proyecto y sin electorado propio.
El llamado Frente por la Vida intenta ocupar ese vacío. Pero basta ejercer un mínimo de memoria —esa facultad que en Colombia se considera subversiva— para entender de qué se trata. Roy Barreras, su principal promotor, fue uribista. No de paso ni por confusión: hizo campaña, defendió el proyecto y creció políticamente en la órbita del poder que hoy dice combatir. Cambiar de discurso no borra el trayecto recorrido. En política, el origen importa. Y ese origen lo inscribe, sin maquillaje semántico, en la derecha.
Algo parecido —aunque con menos estridencia ideológica y más tecnocracia— ocurre con Daniel Quintero Calle. Su paso por el santismo, como viceministro de Economía Digital, lo ubica en una derecha más pulcra, menos gritona, pero derecha al fin: institucional, empresarial, funcional al modelo y notoriamente antiderechos cuando se trata de movimientos sociales, protesta o garantías colectivas. No es la derecha del garrote, pero sí la del contrato, la neutralidad moral y la gerencia sin pueblo.
El resto de los inscritos completa el cuadro: Martha Viviana Bernal Amaya, Héctor Elías Pineda Salazar y Edison Lucio Torres. Nombres desconocidos, sin trayectoria pública verificable en el debate nacional, sin movimiento social que los respalde, sin base electoral identificable y sin vida política visible. No representan corrientes: representan formularios. No encarnan luchas: llenan casillas. Pretender que de ahí pueda surgir una división de la izquierda es concederles una importancia política que, sencillamente, no tienen.
Por eso no hay de qué preocuparse. Esta consulta no le quita votos a la izquierda porque no compite con ella. Si algo puede ocurrir —y ocurrirá— es que reste apoyos a las consultas del centro y de la derecha, disputando un electorado que nunca ha sido progresista. El fantasma de la fragmentación sirve más para el titular alarmista que para el análisis serio.
El propio Gustavo Petro lo dijo sin rodeos: no votará en consulta. No es abstención; es señal política. Un guiño inequívoco a Iván Cepeda. Mantener vivo el proyecto de izquierda y progresista implica, por tanto, volarse —en el sentido más electoral del término— por Cepeda, hoy excluido por una decisión que huele menos a legalidad que a cálculo.
La situación, sin embargo, no es fácil. El Consejo Nacional Electoral ha tendido trampas, y la Registraduría Nacional del Estado Civil históricamente ha sabido jugar ese mismo juego, más aún con empresas contratistas cuestionadas como la de Greg Sason, cuya sombra sobre los procesos electorales nunca termina de disiparse. Trampas hay por todo lado. No es paranoia: es experiencia.
La única salvación posible sigue siendo la misma de siempre: votar masivamente, como se hizo con Petro. Frente al fraude, el antídoto no es la indignación sino la avalancha. Y esa avalancha, hoy, no pasa por una consulta vacía, sino por sostener con claridad el proyecto que representa Iván Cepeda. Lo demás es ruido. Y el ruido, como se sabe, no vota.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

