Otra vez las palabras oficiales se repiten como un cassette rayado: “acción necesaria por seguridad”, “objetivos legítimos”, “defensa frente a amenazas”. Pero la realidad tiene otra forma: cráteres humeantes, familias destrozadas, escuelas convertidas en ruinas.
El 28 de febrero de 2026, durante una ofensiva militar conjunta de Estados Unidos e Israel contra Irán, un misil impactó la escuela primaria femenina Shajareh Tayyebeh, en Minab, al sur de Irán. Según las autoridades de Irán, en ese ataque murieron 148 personas, principalmente niñas que estaban estudiando, y varias decenas resultaron heridas. Las imágenes muestran pupitres aplastados bajo escombros y útiles escolares manchados de sangre.
Este tipo de hechos no son “muertes”, como si fueran estadísticas de tráfico. Son niñas asesinadas. Esa palabra duele porque describe con precisión lo que ocurre cuando una operación que se dice “militarmente necesaria” no distingue entre objetivo combatiente e infancia inocente.
Ese mismo bombardeo formó parte de un ataque más amplio en el que también fue asesinado el ayatolá Alí Jameneí, líder supremo de Irán y autoridad religiosa de enorme peso en su sistema político, como resultado de los mismos ataques militares conjuntos. Y aquí es donde el lector tiene que mirar más allá de los eslóganes.
¿Violación del derecho internacional?
Sí.
La Carta de las Naciones Unidas prohíbe el uso de la fuerza contra la integridad territorial o la soberanía de otro Estado, salvo en casos de legítima defensa ante un ataque armado o con autorización expresa del Consejo de Seguridad de la ONU. No hay indicios públicos ni resolución del Consejo que haya autorizado estos ataques de forma legal.
Además, el Derecho Internacional Humanitario (los Convenios de Ginebra y sus Protocolos) exige tres principios básicos cuando hay conflicto armado:
Distinción: separar a combatientes de civiles.
Proporcionalidad: evitar daños civiles desproporcionados.
Precaución: tomar todas las medidas posibles para minimizar el daño a civiles.
Cuando una escuela llena de niñas es reducida a polvo, esos principios no se cumplieron. Y eso convierte lo que llaman “operación militar” en violación del derecho internacional —posible crimen de guerra si se demuestra que no hubo intención legítima de actuar contra objetivos militares únicamente—.
Entonces, ¿qué hay detrás de esto? La idea del llamado “Gran Israel”: una visión maximalista, inspirada en lecturas históricas y religiosas, que concibe una extensión de influencia o control que va más allá de las fronteras actuales, imaginando un horizonte que abarca desde el Éufrates hasta el Nilo.
Esa visión está vinculada simbólicamente con una idea de dominio regional que no se limita a cuestiones de seguridad, sino que toca recursos naturales, rutas estratégicas y, en última instancia, ambición geopolítica. Y cuando esa ambición se traduce en alianzas militares con Estados Unidos, impulsadas más por intereses de poder y beneficio que por respeto a la ley internacional —como se ha acusado al gobierno de Donald Trump y a Netanyahu—, el resultado es devastador: menores asesinadas, derechos humanos pisoteados y un derecho internacional tratado como adorno retórico.
Otra vez el imperio iniciando una guerra, otra vez arrastrando al mundo hacia la barbarie con el pretexto de la seguridad y el orden. Otra vez las niñas convertidas en víctimas de decisiones tomadas en despachos lejanos, donde la pólvora no huele y la sangre no salpica. Otra vez la infancia pagando el precio de la ambición geopolítica. Un imperio que habla de civilización mientras deja escuelas en ruinas y niñas asesinadas no puede reclamar superioridad moral: solo deja tras de sí la marca de la violencia y la vergüenza histórica.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

