Willy David y sus perros: una historia real de horror en Colombia

Por el camino polvoriento que lleva al relleno sanitario de Los Cocos, en la vereda La Concordia, el monte crece en silencio. No hay casas cerca, sólo viento y basura. Allí, entre hojarasca seca y bolsas plásticas que el tiempo no ha querido digerir, apareció el cuerpo de Willy David Pérez Quiroz. Estaba tendido como si hubiese caído de espaldas mirando al cielo, con las manos abiertas, como quien ya no puede explicar nada. A su lado, los cuerpos quietos de sus tres perros. Uno de ellos —decía alguien que lo conocía— se llamaba “Negrito”.

A Willy lo mataron el sábado 19 de julio, pero la historia de su muerte no comenzó ese día. Viene de antes, como suelen empezar las tragedias en este país que no olvida las deudas de sangre. Willy tenía 45 años y era líder comunitario en Cartagena. Presidía la Junta de Acción Comunal del sector Zarabanda, en Olaya Herrera, donde se movía entre mingas, siembras urbanas y consejos de vecinos que no sabían a quién más acudir cuando el barrio se llenaba de huecos o de miedo.

Era oriundo de San Onofre, Sucre, un lugar que también conoce de entierros prematuros y promesas de tierra truncadas. En su rostro había siempre un gesto de terquedad noble, esa que da la lucha diaria por un barrio olvidado. Era de los que hablaban claro en las reuniones, de los que alzaban la voz sin necesidad de gritar. De los que nunca dejaron de creer en el poder del pueblo, aunque el Estado mirara para otro lado.

Pero su historia, como la de muchos, fue ensombrecida por un pasado que no era del todo suyo. Hace años, su hermano fue señalado de asesinar a su esposa. Nadie sabe con certeza qué pasó, pero desde entonces a Willy le tocó cargar con un apellido que se volvió maldición en algunos rincones. Las amenazas comenzaron a llegar como cartas sin remitente. Una mirada torcida, un rumor, una advertencia al oído. Hubo un tiempo en que tuvo que irse del barrio. Se volvió un exiliado en su propia ciudad.

El sábado lo hallaron muerto. Con él, sus perros. Alguien dejó una nota, escrita a mano, como se escriben las venganzas en este país de machetes y cicatrices: “Venganza hermana por hermano”. No hubo firma. No hizo falta. El mensaje era claro y cruel: esto no fue un robo ni un accidente. Fue una ejecución.

Lo que duele —y duele hondo— no es sólo la muerte de un hombre bueno. Es también el silencio con que lo mataron. El eco que deja su ausencia en una comunidad que hoy camina despacio, como si el miedo se hubiese vuelto espeso. Los niños ya no juegan en la esquina de Zarabanda. Las reuniones de la Junta se suspendieron. Hay luto, sí. Pero también hay rabia. Porque matar a un líder es cortar el árbol que daba sombra en la plaza.

Y los perros… Ah, los perros. Nadie sabe exactamente por qué los mataron también. Quizás porque eran su sombra. Porque lo acompañaban a todas partes. Porque eran testigos. O tal vez —y esta es una sospecha que no se puede descartar— porque el odio en Colombia ya no distingue ni siquiera entre humanos y animales.

Willy David no saldrá en los noticieros por más de un día. Quizás no le dediquen un minuto en el Congreso ni en el despacho del alcalde. Pero su muerte es un espejo de este país que se desangra en los márgenes. Un país donde aún hay quienes siembran, organizan, reclaman, sueñan. Y también hay quienes los matan por eso.

Queda el monte. Queda el camino polvoriento. Y quedan los tres perros, que ahora duermen junto a su amo, como si fueran parte del mismo destino.

Por Justicia & Dignidad