Colombia vs Perú: la disputa por Santa Rosa y el riesgo de perder el Amazonas

Por: Justicia & Dignidad / Periodismo Independiente e Investigativo

En el mapa, la isla Santa Rosa parece un pedazo de tierra sin importancia, flotando en medio del Amazonas, al frente de Leticia. A simple vista, es solo una mancha verde rodeada de agua café, con casas de madera y techos de zinc. Pero esa mancha hoy es una frontera en disputa. Y lo que está en juego no es solo un islote, sino la llave de Colombia hacia el río más grande del mundo.

En julio de 2025, el Congreso peruano elevó a Santa Rosa a la categoría de distrito. Para Lima, es un acto de “consolidación de la soberanía en una zona crítica de frontera internacional”. Para Bogotá, una anexión unilateral que desconoce que la isla no existía cuando se firmaron los tratados de límites en 1922 y 1929. La respuesta del presidente Gustavo Petro fue simbólica y calculada: trasladar la conmemoración de la Batalla de Boyacá a Leticia, como quien lleva la bandera al lugar donde siente que le están tocando el alma territorial.

Los opositores más acérrimos, en particular el uribismo, se apuraron a decir que esto es una “cortina de humo” para desviar la atención de la reciente condena contra Álvaro Uribe. Pero la geografía, a diferencia de la política, no se inventa con discursos. Aquí hay un problema que viene corriendo —o más bien, fluyendo— desde hace décadas, y que los gobiernos, incluido el de Uribe, dejaron pasar como si el Amazonas fuera un río quieto.

El río que se está yendo

El Amazonas, como todo río, está vivo. Cambia de cauce, erosiona, deposita sedimentos, crea y destruye islas. Lo que hoy es tierra firme, mañana puede ser agua, y viceversa. Santiago R. Duque, limnólogo y coordinador del Grupo de Investigación en Limnología Amazónica de la Universidad Nacional, lo sabe bien: desde 2007 viene advirtiendo que el cauce principal del Amazonas en el trapecio amazónico se está moviendo hacia Perú.

Los números son claros y alarmantes:

  • A inicios de los años 90, el 30% del caudal pasaba por Colombia.
  • En 2019, la cifra cayó al 20%.
  • En junio de 2025, una medición de la UNAL confirmó que el 81% del agua fluye por Perú y solo el 19% por Colombia.
  • Si nada cambia, para 2030 el río dejará de pasar por el país, excepto en temporadas de inundación.

Cuando se firmó el tratado de 1922, el canal profundo del Amazonas corría frente a Leticia, garantizando los 116 kilómetros de acceso fluvial que Colombia había ganado tras décadas de disputas. Hoy ese canal pasa frente a Perú. Y lo que para los mapas sigue siendo frontera, para el agua ya no lo es.

Santa Rosa: hija de los sedimentos

La isla Santa Rosa no existía cuando se fijaron los límites. Surgió después, como otras islas nuevas, por la sedimentación que dejan las aguas que vienen de los Andes. Esa formación natural cambió el equilibrio del cauce: el brazo peruano ganó fuerza, el colombiano se volvió lento y somero. Resultado: Perú tiene más río… y Colombia, menos.

El gobierno colombiano supo esto desde hace al menos 19 años. En 2006, el Invías contrató un estudio que recomendaba obras de encauzamiento en el estrecho de Nazareth para obligar parte del flujo a pasar por los brazos colombianos. Costaban unos 11 mil millones de pesos de entonces. El estudio quedó guardado. El presidente de la época era Álvaro Uribe Vélez. No se hizo nada.

Mientras tanto, Brasil dragaba su tramo del Amazonas para proteger el puerto de Tabatinga. Perú ajustaba su ribera erosionada. Colombia miraba desde la orilla.

No es excusa, no es cortina de humo

Decir que este conflicto es un invento de Petro para tapar otro escándalo es como decir que el deshielo del Ártico es una estrategia publicitaria de Greenpeace. El Amazonas no espera los ciclos de la política: sigue fluyendo hacia donde la gravedad y la sedimentación lo llevan.

Lo que está en juego es que Leticia, la capital más austral de Colombia, podría quedar a dos o tres kilómetros del río. El malecón fluvial sería un muelle seco. La pesca se desplomaría. El turismo se marchitaría. Y el país perdería, en los hechos, su salida al Amazonas. No sería la primera vez que Colombia pierde territorio por descuido: ahí están Panamá y los 75.000 km² de mar en el fallo de La Haya.

Santa Rosa no es un capricho diplomático: es el punto visible de una herida más grande. Y como advierte Duque, la solución no está en pelear banderas, sino en negociar con Perú —y ojalá con Brasil como garante— obras que favorezcan a todos. Porque si el río se va, se va para siempre.

El reloj corre

El 2030 parece lejos, pero en términos fluviales es pasado mañana. El problema no es que Petro hable de Santa Rosa; el problema es que por casi dos décadas nadie hizo nada. Y que cuando se pudo actuar, en 2006, el gobierno de Álvaro Uribe Vélez tuvo la información, los estudios y el tiempo… y decidió dejar que el Amazonas siguiera su curso.

Ahora, ese curso lleva el agua —y la soberanía— hacia otra bandera