En el tablero del poder, no todas las guerras nacen del caos: muchas se diseñan meticulosamente en los despachos de seguridad y geopolítica. A este fenómeno se le puede llamar, en términos doctrinales, guerra prefabricada: cuando una potencia fomenta, financia o tolera la creación de un enemigo que, más adelante, le servirá para justificar políticas de control, expansión o guerra abierta.
El caso de Hamás es uno de los ejemplos más reveladores de este mecanismo en el siglo XXI. A finales de los años 70 y comienzos de los 80, Israel permitió e incluso alentó el crecimiento de grupos islamistas en Gaza como contrapeso a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) de Yasser Arafat, una fuerza laica y nacionalista que representaba una amenaza política real al proyecto de ocupación israelí.
Las propias autoridades israelíes lo reconocieron con el tiempo. Yitzhak Segev, entonces gobernador militar de Gaza, admitió que recibió fondos del gobierno israelí para financiar mezquitas con el objetivo de debilitar a la OLP. Por su parte, Avner Cohen, responsable de Asuntos Religiosos en la administración israelí, fue aún más directo: “Hamás, a mi pesar, es una creación de Israel.”
Incluso Josep Borrell, alto representante de la Unión Europea, lo recordó públicamente en 2024: “Israel financió la creación de Hamás para debilitar a la Autoridad Palestina.”
Así nació Hamás: primero como una rama social y religiosa de los Hermanos Musulmanes, con clínicas, escuelas y mezquitas. Israel toleró su expansión, cerró los ojos ante sus actividades e incluso otorgó permisos legales que negaba sistemáticamente a las organizaciones seculares. La idea era simple y perversa: fragmentar para dominar.
No es un caso aislado. La historia reciente ofrece ejemplos similares: Estados Unidos financió a los muyahidines afganos, entre ellos Osama bin Laden, para debilitar a la URSS en los años 80. Luego, esos mismos grupos se convirtieron en el pretexto perfecto para la “guerra contra el terrorismo” tras el 11-S. En América Latina, las potencias occidentales respaldaron grupos paramilitares que más tarde justificaron intervenciones militares o políticas de “seguridad interna” represivas.
Volviendo a Gaza, Hamás, una vez consolidado, se transformó en el enemigo ideal. Cada ataque suyo permite justificar bloqueos, bombardeos masivos y proyectos de reconfiguración territorial. Tras el 7 de octubre de 2023, el gobierno israelí desplegó una ofensiva de destrucción total, mientras en despachos de Tel Aviv, Washington y El Cairo se discutían planes económicos y energéticos para la “reconstrucción” de la Franja. La guerra, más que respuesta, se convierte en instrumento.
Las guerras prefabricadas no necesitan conspiraciones totales para funcionar: basta con sembrar, permitir crecer y, llegado el momento, cosechar el enemigo necesario. Hamás fue funcional al proyecto israelí: primero para dividir al pueblo palestino, luego para legitimar políticas coloniales y expansionistas. Y, como toda creación estratégica, terminó escapando parcialmente al control de su creador, pero sin dejar de cumplir su rol en el relato oficial.
Comprender este patrón es clave para desmontar los discursos simplistas que reducen conflictos complejos a “buenos contra malos”. En realidad, muchas guerras contemporáneas se fabrican con cálculo frío mucho antes de que estalle la primera bomba.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

