Hernán Echavarría Olózaga y el secuestro de Piedad Córdoba: la sombra del paramilitarismo en la élite empresarial colombiana

Hernán Echavarría Olózaga, nacido en Medellín en 1911, es ese personaje que aparece en los libros de historia con título académico, cargos públicos y reconocimientos que harían sonrojar de envidia a cualquier mortal. Ingeniero, economista, ministro, embajador, cofundador de universidades y filántropo declarado, Echavarría parecía el prototipo del “hombre de bien” que Colombia necesitaba.

Pero, bajo el saco impecable y la corbata de seda, se escondía un matón más en la historia de este país. Porque claro, no hay condena judicial que lo toque: se murió, y con él, los secretos y las sombras de sus negocios quedaron bien protegidos.

Y vaya que estos secretos tenían nombres: Sindicato Antioqueño, hoy rebautizado con su sigla elegante y moderna, GEA, donde se aliaron familias como los Echavarría, Saldarriaga, Uribe y Restrepo para consolidar poder económico y político en el país. Ese mismo sindicato que, según los exparamilitares que hablan en los informes de la Comisión de la Verdad, permitió que la violencia armada floreciera mientras los negocios se protegían.

Porque en Colombia ser “gente de bien” significa, entre otras cosas, dirigir empresas, cofundar fundaciones y, de vez en cuando, aparecer en cartas a comandantes paramilitares como Carlos Castaño, preocupándose de que la senadora Piedad Córdoba no quede libre. La sentencia relacionada con este caso menciona a Hernán Echavarría Olózaga como actor intelectual en los hechos, aunque, por su muerte, no se le condenó. Testimonios de exparamilitares y documentos judiciales lo señalan como parte de la maquinaria que permitió estos crímenes.

No contento con esto, la familia Olózaga-Mesas también se extendió a la agroindustria en Urabá, con Banafrut y otras exportadoras de banano, zonas históricamente bajo influencia paramilitar, según varios informes de organizaciones de derechos humanos y memoria histórica. Los negocios de la familia financiaron el paramilitarismo en Urabá a través de la empresa.

Y, por si alguien tenía dudas sobre su lado político, Hernán Echavarría Olózaga también apoyó la campaña de Álvaro Uribe en 2002, a través de la fundación Renacimiento, y fue parte de la creación del movimiento político Patria Nueva. Porque la filantropía y la política siempre caminan de la mano en la versión más elegante de la oligarquía.

En resumen, esta es la gente de bien en Colombia: títulos, cargos, reconocimientos, fundaciones, empresas, apoyo paramilitar según testimonios y respaldo político a campañas presidenciales. Todo empaquetado con un nombre que suena a respeto, pero que debajo guarda lo que los historiadores llamarían con sarcasmo: matonería empresarial con sonrisa diplomática.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo