El mundo está al revés.
Tan al revés que una Nobel de la Paz felicita a un genocida.
María Corina Machado, coronada por el norte con la flor marchita del Nobel,
llamó por teléfono a Benjamín Netanyahu,
el mismo señalado por la ONU y la Corte Penal Internacional
de crímenes contra la humanidad,
el que bombardea hospitales,
el que hace del hambre un arma y del miedo un mapa.
Ella lo felicitó.
Y él —seguro— sonrió.
Y como si la farsa necesitara un segundo acto,
la Nobel dedicó su premio al “viejito héroe”,
a Donald Trump,
el cazador de migrantes,
el que ha ordenado asesinar a 27 personas en el Caribe,
acusadas sin pruebas de ser narcotraficantes,
el mismo que viajó en el “Lolita Express”
y carga sobre su nombre la sombra de la pedofilia y la impunidad.
Ese, sí, el viejito genocida.
No se lo dedicó a su pueblo venezolano,
no a las madres que entierran hijos bajo la indiferencia,
no a los que huyen, ni a los que resisten.
Se lo dedicó al verdugo.
Y el verdugo le devolvió el aplauso.
En Venezuela nadie celebró ese Nobel.
Porque no fue un premio a la paz,
sino un ensayo general de invasión.
Un ensayo de guerra con perfume de libertad en las vitrinas,
y olor a petróleo en las manos.
El mundo está en manos de los genocidas,
de los que matan con drones o decretos,
de los que se reparten la moral a puerta cerrada.
Pero todavía hay quienes no tragamos la mentira,
quienes sabemos que la paz no se da por decreto
ni se entrega envuelta en oro,
que la verdadera paz camina descalza
entre los pueblos que no se rinden.
Algo podrá hacerse.
Algo debemos hacer.
Porque si los asesinos son los premiados,
entonces la dignidad será el último refugio
de los que aún se atreven a mirar de frente
y decir, con voz de pueblo,
que el mundo no será justo
hasta que deje de premiar al crimen.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

