En Popayán, esa ciudad blanca, grisecita también por las lluvias de fin de año, clasista por los Valencia, los Mosquera y los Arboleda, pero con historia de movimientos sociales y populares, donde las mañanas huelen a leña y a campo, están llegando desde todos los puntos del mapa 700 campesinas y campesinos. No vienen a reclamar ni a marchar. Vienen a algo más antiguo y más profundo: a jugar. A medirse con el otro como se hace en el campo, con la misma seriedad con que se siembra, se ordeña o se levanta la cosecha.
Los I Juegos de la Agenda Nacional Campesina pueden sonar, en el papel, a iniciativa del Ministerio del Deporte. Pero basta ver bajarse de los buses a las delegaciones de Anuc Nacional, Mesa de Derechos Humanos Suroccidente, Pupsoc, Juntanza Nacional Campesina, Baluarte, Acit, Fensuagro, Asomucaice, Asopalcor, Asocam y Redpescacol, para entender que este encuentro tiene alma propia. Es el intento —quizá tardío— de reconocer que detrás de cada vereda hay un país que ha vivido resistiendo, produciendo, cuidando.
Del 20 al 24 de noviembre, Popayán será testigo de competencias que no existen en ningún manual olímpico: rajaleña, rana, minitejo, carrera de buguis, penaltis con palos de coca o café, fuerza con cuerda y lanzamientos de aros. Pruebas nacidas del trabajo, del día a día rural, de los brazos que cargan bultos y de los pies que recorren trochas. Junto a ellas, deportes más conocidos como fútbol, fútbol de salón y atletismo en 1.000 y 2.000 metros, donde nadie corre por récords sino por orgullo de territorio.
El Ministerio del Deporte ha puesto sobre la mesa 1.000 millones de pesos para que las delegaciones viajen, coman, duerman y compitan con dignidad. Plata que, en términos campesinos, alcanza para asegurar que la fiesta no se caiga y que la palabra empeñada se cumpla.
Pero más allá de los recursos, en Popayán está ocurriendo otra cosa: un país que casi nunca mira a su campesinado, por unos días lo reconoce. Aquí se encuentran la mujer de Asopalcor que ha vivido entre el café y la violencia; el joven de la Juntanza Nacional Campesina que aprendió a correr en bajadas de lodo; el pescador de Redpescacol que llega desde costas distantes; y el viejo dirigente del Baluarte Campesino que ha visto repetir la historia demasiadas veces.
El Gobierno habla de paz, inclusión e identidad campesina. Palabras grandes, sí. Pero lo que realmente sucede en Popayán es más sencillo: Colombia, por fin, celebra a quienes la alimentan.
Y eso, en este país, ya es un triunfo.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

