Lo confieso: conocí y me enamoré de Nueva York antes de pisarla, a través de Sex and the City. Los amores y desamores de Carrie, Samantha, Miranda y Charlotte me vendieron una ciudad que parecía un personaje más: intensa, contradictoria, libre. Luego fui, y confirmé que no era solo una fantasía televisiva. Me enamoré de su condición cosmopolita, de esa mezcla inagotable de acentos, colores y biografías, de la gente llegada de todas partes del mundo con una disposición casi natural a relacionarse. Había algo parecido a la solidaridad, una intuición de comunidad incluso en medio del caos.
Por eso, cuando Zohran Mamdani llegó al poder en la ciudad, sentí —más allá del entusiasmo político— que algo se estaba reordenando. No solo en Nueva York, sino en Estados Unidos. Como si se abriera una grieta por donde asoma una época distinta, mientras entran en decadencia —y ojalá en derrumbe— miles de Donald Trump empeñados en colonizar el mundo con miedo, testosterona y nostalgia imperial.
Nueva York, que suele adelantarse incluso cuando se equivoca, ha vuelto a marcar una diferencia incómoda. No porque haya encontrado la fórmula de la felicidad pública —eso no existe— sino porque decidió discutir el poder sin disfrazarlo de espectáculo. Mientras buena parte del país sigue atrapada en la política como circo, la ciudad eligió una conversación más peligrosa: la de las prioridades.
Ahí aparecen Alexandria Ocasio-Cortez y Zohran Mamdani, dos figuras jóvenes que no piden permiso para nombrar lo evidente. No llegaron para decorar la institucionalidad ni para administrar el consenso de siempre; llegaron para torcerlo. AOC empujó desde el Congreso una agenda que devolvió al debate palabras desterradas —clase, desigualdad, redistribución— y Mamdani, desde el gobierno de la ciudad, intenta convertir esas palabras en políticas públicas. Lo verdaderamente subversivo no es el adjetivo “socialista”, sino la literalidad con la que lo toman.
Conviene decirlo sin dramatismos: el socialismo neoyorquino no es una épica de barricada. Es, más bien, una contabilidad distinta. Guarderías como infraestructura, transporte público que no humille, alquileres que no expulsen, salarios que permitan vivir en la ciudad que se construye con ese trabajo. Una idea antigua y casi indecente: que la prosperidad no sea un privilegio sino un piso. Que el mercado exista, sí, pero que no gobierne solo.
A esta generación se le reprocha la edad, como si la experiencia fuera un certificado que se otorga por acumulación de años y no por exposición a la realidad. La experiencia de AOC y Mamdani es la precariedad normalizada, la crisis climática convertida en rutina, el endeudamiento como biografía. No heredaron un mundo estable; administran uno roto. Por eso su política mezcla números con memoria, gráficos con barrio. Eso incomoda más que cualquier consigna.
El contraste con el trumpismo es pedagógico. Trump ofrece ruido: insulto, miedo, nostalgia de un pasado que nunca fue tan bueno como lo cuentan. Es una política que no gobierna, entretiene; que no propone, provoca. Frente a ese bochorno permanente, Nueva York optó por algo casi subversivo en estos tiempos: discutir cómo se vive.
Que la capital financiera del mundo mire hacia una izquierda joven y democrática rompe el guion. Desmiente la idea de que la justicia social es incompatible con la prosperidad y recuerda que la democracia puede servir para algo más que administrar la desigualdad. No hay milagros prometidos ni finales felices garantizados. Hay, apenas, una decisión: volver a tomarse el poder en serio.
Cierro aquí con esto: amo esta nueva era de Nueva York porque vuelve a parecerse a sí misma, a esa ciudad que no pide permiso para cambiar. Y como cantó Frank Sinatra en New York, New York: “If I can make it there, I’ll make it anywhere”. Si el socialismo puede abrirse camino en Nueva York, puede intentarse en cualquier parte del mundo. Quizá por eso Nueva York importa tanto: porque cuando se atreve a reinventarse, le recuerda al mundo que todavía es posible intentarlo.
Por Sofía López Mera de Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

