Trump bombardea Venezuela y amenaza a América Latina

Cuando el imperio se acorrala

Cuanto más acorralado se encuentra Donald Trump por su propio pueblo —por las sombras que regresan desde la lista Epstein, por el rechazo que crece en las calles, por una legitimidad que se le escurre entre los dedos— más aprieta el gatillo lejos de casa. La historia lo repite como una mala costumbre: cuando el poder tiembla, busca un enemigo externo para disimular su derrumbe interno. Y hoy ese enemigo vuelve a ser Venezuela.

Las explosiones que sacudieron Caracas y el litoral central no cayeron del cielo por accidente. Según lo que se conoce hasta ahora, los ataques se concentraron en áreas estratégicas: instalaciones militares en la capital, puntos del estado La Guaira, zonas del eje metropolitano. Aviones a baja altura, columnas de humo, el sobresalto de una ciudad que aprende —otra vez— a vivir con el miedo. No hay confirmación independiente de capturas ni de “golpes quirúrgicos” impecables; lo que sí hay es ruido de guerra y un libreto viejo: petróleo, recursos naturales, control geopolítico.

Porque Venezuela no es solo un país: es una bóveda. Bajo su suelo descansan reservas que despiertan la codicia de quienes gobiernan con el cálculo frío de las ganancias. Y cuando la ambición se disfraza de “seguridad”, la guerra se vuelve negocio. Así empieza la invasión moderna: no siempre con tropas, a veces con titulares, sanciones, drones y promesas de “orden”.

Desde Colombia, la derecha más ruidosa no tardó en aplaudir. Celebran el bombardeo como si fuera un espectáculo ajeno, piden que el fuego cruce fronteras, fantasean con ver caer bombas sobre Bogotá como si la violencia fuera una solución exportable. Olvidan —o fingen olvidar— que cada guerra se cobra primero a los pobres, a las mujeres, a los niños; que ninguna bomba distingue ideologías cuando estalla.

Lo que se sabe, por ahora, es fragmentario y grave: ataques reportados en la capital y el litoral; acusaciones cruzadas; versiones oficiales sin verificación independiente; un clima regional que se enrarece. Lo que se intuye es peor: una oscura era de invasiones que amenaza a América Latina, donde los conflictos internos del norte buscan redención a punta de misiles en el sur.

La guerra, como siempre, llega envuelta en palabras nobles y termina dejando escombros. Y cuando pase el humo, quedará la pregunta incómoda: ¿quién gana cuando un imperio dispara para tapar sus propios fantasmas? Aquí, abajo, ya sabemos la respuesta.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo