Siete días han pasado de enero y el mundo ya parece una mezcla rara entre una película de Tarantino, una serie de Black Mirror, el Titanic y una mala secuela de Hollywood dirigida por el algoritmo. Apenas alcanzamos a guardar el arbolito de Navidad cuando Donald Trump decidió que el año nuevo venía con invasión incluida: algo así como empezar dieta un lunes y romperla el martes con chicharrón, arepa y gaseosa grande.
En una sola semana, Trump invadió Venezuela, se llevó a Nicolás Maduro como si fuera un electrodoméstico decomisado. Maduro llegó a Nueva York con un gorrito estilo Mickey Mouse, saludando en inglés muy educado y tomándose fotos con agentes de la DEA, como si fuera paseo escolar con escolta armada. Mandaron a freír espárragos a María Corina Machado (sí, la ningunearon) y, en un giro digno de telenovela de las nueve, dejaron en el poder al chavismo puro y duro, ahora encabezado por Delcy Rodríguez: el de Chávez, el que dice ser de Bolívar, el que supuestamente iban a erradicar.
Para completar el cuadro, el actor Fernando Carrillo confesó que la ahora presidenta de Venezuela fue su gran amor. Normal: ahora todos quieren con Delcy, incluso los que juraban odiarla hasta ayer.
La derecha colombiana quedó gringa y sin libreto. Pedían a María Corina y les salió chavismo reciclado. No les quedó más remedio que borrar tuits, fingir demencia digital y empezar a ensayar mensajes tibios a favor del nuevo chavismo “globalizado”. María Corina, lejos de rendirse, le promete a Trump el Premio Nobel de la Paz; pero no por pacifista, sino por arrastrada. La Academia responde que no se puede. Trump refunfuña, dice que ese premio es suyo por derecho divino, que él es el enviado de Dios sobre la Tierra para traer la paz y remata aclarando que en Venezuela no habrá elecciones pronto: es decir, la democracia jamás le interesó y Delcy se eternizará en el poder. A Edmundo Castillo ni lo nombran. Al final, para cerrar el sainete, reconocen como válidas las elecciones que dieron a Maduro como presidente y, como si no fuera suficiente, la justicia gringa declara que el cartel de los soles no existe.
De paso, Trump dice que vio a los venezolanos y le parecieron gente fea —seguro vio a Capriles, a Leopoldo López o a la Tintori—, acusa de narcotraficante a Gustavo Petro, amenaza con bombardear Bogotá y con llevárselo detenido a Estados Unidos.
Petro, que no es precisamente extra en esta película, responde con espada, Bolívar y retórica de plaza pública. Y las plazas se llenan, porque en Colombia, cuando el presidente está en aprietos externos, la gente sale como si fuera final del Mundial o velatón por la dignidad. Jugada maestra.
Mientras tanto, en Estados Unidos, el caos interno hace cameo: una mujer asesinada en Minneapolis por un agente de ICE, protestas, rabia y un país que se cae a pedazos mientras intenta salvar al mundo, como ese tío borracho que quiere dar consejos de vida en plena fiesta familiar.
Y entonces, en medio de este sainete, Trump y Petro hablan por teléfono, se tratan con cariño y se citan en la Casa Blanca, como si después de agarrarse a madrazos por WhatsApp uno dijera: “Bueno, mañana hablamos con tintico”. Se prometen verse en persona. Capaz y es una trampa; todo es posible.
La derecha colombiana, que tanto pedía diplomacia, estalla de rabia: a Álvaro Uribe le da dolor de estómago, Abelardo de la Espriella no sabe qué show montar, Paloma Valencia se inventa entrevistas con un señor de sombrero y poco falta para que digan que Colombia está arrodillada al imperio gringo… y terminen declarándose comunistas, rojos, bolivarianos y chavistas para hacer oposición. Nace incluso un nuevo cartel en Colombia: el cartel de los solos, liderado por Vicky Dávila, que llama infame a Petro por desescalar el conflicto diplomático con Trump.
Por si faltaba algo, Trump amenaza a Groenlandia y la derecha europea, encabezada por Giorgia Meloni, sale a protestar.
Siete días han pasado de enero.
Si esto es el comienzo, no quiero imaginar qué viene.
Un enero distópico siempre anuncia un febrero peor.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

