En 1938, cuando Adolf Hitler anexó Austria en el Anschluss, las potencias europeas y Estados Unidos eligieron no intervenir. No fue desconocimiento: fue conveniencia. Se habló de evitar una guerra, de no provocar, de ganar tiempo. Ese mutismo fue leído como autorización. Hitler entendió que podía avanzar sin consecuencias. Un año después vino Checoslovaquia; luego Polonia; después, el mundo entero en llamas.
Las consecuencias fueron devastadoras. La Segunda Guerra Mundial dejó entre 70 y 85 millones de personas muertas, en su mayoría civiles. Ciudades arrasadas, genocidios industrializados, continentes traumatizados. El silencio no evitó la guerra: la hizo posible.
Hoy, la escena se repite con otros nombres y la misma impunidad. Benjamin Netanyahu conduce una devastación sostenida sobre Gaza con respaldo militar, financiero y político de Estados Unidos. A comienzos de 2025, más de 70.000 palestinos han sido asesinados, y las proyecciones —incluida la advertencia de la relatora franco-albanesa— elevan la cifra potencial hasta 680.000 víctimas. La mayoría son mujeres, niños y población civil. Millones han sido desplazados. No se trata solo de muerte: se trata de expulsión, de limpieza territorial.
Como lo advirtió Gustavo Petro, Palestina es hoy el experimento: lo que se prueba allí puede replicarse mañana en otros pueblos del mundo. El mundo emite comunicados tibios, pide “moderación”, habla de “complejidades”. Y calla ante lo esencial. Ese silencio vuelve a operar como permiso.
Donald Trump entendió esta lógica y la perfeccionó: fuerza sin pudor, desprecio por el derecho internacional, transacciones presentadas como destino. Bajo su gobierno, Estados Unidos bombardeó o atacó directamente Siria, Afganistán, Irak, Yemen, Somalia y Libia, y sostuvo operaciones militares y ataques indirectos en Nigeria. Cuando el poder se sabe impune, avanza. Primero bombardea, luego explica. Primero arrasa, luego nombra.
La imagen del poder caminando entre ruinas no es metáfora: es método. Arriba, trajes; abajo, ciudades pulverizadas. La muerte convertida en paisaje administrable.
El botín tampoco es abstracto. Venezuela está marcada por su petróleo y su gas: sanciones, asfixia económica y amenaza permanente. Luego aparece Groenlandia, codiciada por sus minerales estratégicos, tierras raras y su ubicación clave en el control del Ártico. Y después Colombia: agua dulce, biodiversidad, territorios militarizados, energía y mano de obra barata. El orden del saqueo siempre avanza del silencio a la ocupación.
¿Qué falta? Decisión política global. Romper la sumisión. Desconocer el secuestro del derecho internacional por el Consejo de Seguridad de la ONU, dominado por vetos imperiales, y otorgar fuerza jurídica vinculante a la Asamblea General de la ONU, donde participan democráticamente todos los países del mundo. Pero al planeta le falta valentía y le sobra obediencia frente a las potencias.
La historia enseña una lección simple y brutal: cuando el mundo calla, el verdugo entiende. Y actúa. Callar ante la anexión fue abrir la puerta a la guerra. Callar ante el genocidio es empujarla otra vez. Porque el silencio no es neutral: es una decisión política. Y sus consecuencias siempre caen sobre los mismos cuerpos.
Por Justicia & Dignidad
Periodismo independiente e investigativo

