En Colombia la impunidad no solo se administra: se coreografía. Tiene tiempos, escenarios, utilería y personajes que reaparecen cuando el escándalo parece haber pasado de moda. Uno de ellos es Andrés Pastrana, quien vuelve al debate público con ínfulas de censor moral, como si los archivos no existieran y la memoria fuera una excentricidad de los ingenuos.
No estamos hablando de rumores ni de montajes digitales. Hablamos de registros oficiales de vuelo, incorporados a expedientes judiciales federales en Estados Unidos. En marzo de 2003, el entonces presidente colombiano figura como pasajero en un avión privado vinculado a Jeffrey Epstein, acompañado por su círculo más cercano. Los destinos no fueron inocentes ni turísticos: Palm Beach, Florida, y Nassau, Bahamas, territorios que hoy están plenamente documentados como centros de operación de una red internacional de trata de personas y abuso sexual de menores. Allí Epstein reclutaba, allí abusaba, allí funcionaba una estructura criminal sostenida durante años con la complicidad del silencio.
Los documentos no describen qué hizo Pastrana en esos lugares ni lo acusan penalmente. Pero establecen un hecho político imposible de borrar: estuvo allí, viajó con ellos y nunca ofreció una explicación pública clara y verificable. La política no se mide solo por sentencias judiciales; también se mide por trayectorias, compañías y responsabilidades éticas. Y esas, en este caso, pesan.
La coreografía no termina en los vuelos. Fotografías y registros periodísticos lo muestran compartiendo espacios sociales con Ghislaine Maxwell, hoy condenada por tráfico sexual. No es una prueba penal, pero sí una imagen profundamente reveladora de cómo ciertas élites se mueven con naturalidad entre el poder público y el privilegio privado. A eso se suma un dato incómodo que en Colombia se ha normalizado demasiado: el uso de helicópteros oficiales, uniformes y símbolos del Estado puestos al servicio de excesos personales y de relaciones políticamente inconfesables durante su gobierno. No eran bienes privados. Eran recursos públicos utilizados para sostener una estética de poder que nunca rindió cuentas.
No estamos afirmando un delito concreto. Estamos señalando un patrón. Y cuando los patrones se repiten con esta coherencia, dejan de ser casualidad para convertirse en estructura. Esa estructura es la misma que protege archivos, administra silencios y recicla personajes.
Ese es el talante de la derecha colombiana que quiere volver al poder en 2026: impunidad bien ensayada, memoria corta y superioridad moral sin sustento. Ciudadano consciente: ni un voto para estos criminales.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

