A Fabio Marín lo mataron. No fue una bala perdida. No fue fuego cruzado. Fue un asesinato. Planeado, ejecutado, silenciado. Otro líder social menos en los territorios que el Estado abandonó hace décadas y donde hoy manda el que tenga más armas, más hombres o más miedo que repartir.
Fabio era un campesino que hablaba con firmeza. No se escondía. Desde la Junta de Acción Comunal del corregimiento Tesorito, en Tarazá, defendía lo suyo: el derecho a vivir sin miedo. No pedía mucho: que no los mataran, que los dejaran sembrar, que los escucharan. Eso, en Colombia, es sentencia de muerte.
El 29 de julio lo encontraron muerto entre las veredas La Llana y La Coposa, en Valdivia, Antioquia. El cuerpo tendido, la voz callada. En esa tierra donde el ELN, las disidencias de las FARC y el Clan del Golfo se disputan cada trocha, cada río, cada vida. Y mientras ellos se matan por los corredores del narcotráfico, los líderes sociales siguen cayendo uno a uno.
Indepaz confirmó lo que ya se sabía en las montañas: Fabio era el líder social número 93 asesinado en lo que va del año. Noventa y tres veces ha fallado el Estado. Noventa y tres veces ha callado la institucionalidad. Noventa y tres entierros. Noventa y tres familias rotas.
Más de 60 personas han huido de La Llana. Desplazadas por los mismos de siempre. El Estado no llegó cuando se lo pidió la comunidad, no llegó cuando aparecieron las amenazas, no llegó cuando empezaron los disparos. Solo llega ahora, tarde, para contar los muertos y prometer —otra vez— que esta vez sí va a haber protección.
Pero ya nadie cree. Porque mientras hablan de paz en las capitales, en los pueblos entierran a los líderes. Mientras se firman acuerdos, se rompen cuerpos. Mientras se habla de reconciliación, se asesina la palabra.
Fabio no era guerrillero. No era enemigo de nadie. Era un hombre del común, con botas sucias de barro y manos limpias de crimen. Lo mataron porque hablaba. Porque organizaba. Porque no se arrodillaba.
Y los que lo mataron —con fusil o con omisión— sabían muy bien lo que hacían.
A Fabio lo asesinaron. No nos vengan con eufemismos. No nos pidan calma. No nos pidan silencio.
El país no puede seguir enterrando a sus líderes como si fueran una estadística más. El silencio, también, es cómplice.
Por Prensa Justicia & Dignidad

