En el horizonte del Caribe, los pescadores de La Guaira miran cómo se asoman, majestuosos y amenazantes, tres gigantes de acero con banderas estadounidenses. Son destructores de guerra, armados hasta los dientes, enviados con el pretexto de luchar contra el narcotráfico. Sus siluetas cortan el mar y hacen recordar los viejos relatos de invasiones que nunca llegaron con nombre propio, pero siempre con la misma marca: Washington.
El anuncio sonó a tambor de guerra. Miles de marines, buques de misiles, submarinos y aviones de vigilancia fueron desplegados frente a la costa venezolana. La explicación oficial: frenar a “narco-terroristas” que operan en la región. Pero el eco de esas palabras se estrella contra la memoria de los pueblos: ya lo habían dicho antes en Panamá, en Irak, en Afganistán. Las razones cambian, las excusas se reciclan, pero el interés permanece: los recursos.
Porque en Venezuela, bajo la tierra y en la selva, yacen tesoros que codicia medio planeta. Allí está la mayor reserva de petróleo del mundo, gas natural para décadas, minas de oro y diamantes que parecen infinitas, ríos caudalosos que alimentan represas y tierras fértiles capaces de dar de comer a toda una región. También coltán, el “oro azul” indispensable para celulares y satélites. Esa riqueza es, paradójicamente, la condena del país.
Venezuela no solo es un país en crisis: es un cofre desbordado de riquezas que explican el interés extranjero disfrazado de operaciones militares. Bajo su suelo y en su mar reposan más de 303 mil millones de barriles de petróleo, la mayor reserva probada del planeta, además de 195 trillones de pies cúbicos de gas natural, suficientes para abastecer a Sudamérica durante generaciones. En el sur, el Arco Minero del Orinoco concentra oro, diamantes, coltán y bauxita valorados en cerca de 2 billones de dólares, mientras los ríos y tierras fértiles lo hacen un potencial granero regional. Cada cifra es un recordatorio de que lo que hoy se presenta como “lucha antidrogas” es, en realidad, la antesala de una disputa por el control de un botín estratégico.
Por eso los destructores que merodean el Caribe no apuntan a avionetas cargadas de cocaína, sino a los campos petroleros del Orinoco, a las minas de Guayana y al gas dormido bajo las costas orientales. Como ocurrió en Irak, donde los contratos petroleros se repartieron incluso antes de que cesaran los bombardeos, en Venezuela el guion se repite: detrás de los discursos sobre seguridad y democracia se esconde la urgencia de apropiarse de las fuentes energéticas y minerales que sostendrán la economía mundial del futuro. Y en esa codicia radica el verdadero peligro: que la soberanía de un pueblo se vea convertida en mercancía para el apetito de las potencias.
El gobierno venezolano respondió con la movilización de millones de milicianos y la promesa de defender cada palmo de tierra. El discurso oficial habla de soberanía y resistencia; la gente en las calles, en cambio, habla de miedo. Miedo a que la guerra caiga como tormenta sobre un país ya debilitado por la crisis económica, los apagones, el hambre y la migración forzada.
Los barrios populares recuerdan que las invasiones nunca llegan para salvar a los pobres. En Panamá, fueron los niños de los arrabales quienes murieron bajo los bombardeos. En Irak, los mercados y las escuelas fueron arrasados mientras las petroleras hacían fila para repartirse los contratos. Y en Venezuela, la pregunta resuena: ¿qué quedará para el pueblo si llegan los marines?
El Caribe se ha convertido en tablero geopolítico. Estados Unidos mueve piezas para reafirmar su poder en la región y enviar un mensaje a China y Rusia, aliados de Caracas. No es solo una disputa local, es un pulso mundial que se libra en costas tropicales. Y en ese ajedrez, Venezuela no es un jugador: es la ficha.
Pero ninguna guerra queda contenida en sus fronteras. Colombia, vecino inmediato, será arrastrado al huracán. Las bases militares estadounidenses en su territorio lo convierten en retaguardia de la operación. El flujo de refugiados crecerá en las trochas de la frontera, y con ellos también la violencia, el hambre y la desesperación. Lo que se anuncie como una “intervención quirúrgica” pronto se traducirá en caravanas de desplazados, en campesinos que verán sus tierras tomadas por soldados, en comunidades indígenas atrapadas entre dos fuegos.
Las consecuencias serán catastróficas para Venezuela: destrucción de infraestructura, pérdida de vidas, despojo de sus recursos. Y para Colombia, significará hundirse aún más en un conflicto que no es suyo, abrir la puerta a la desestabilización y convertirse en cómplice de un saqueo histórico.
Solo una parte de la sociedad aplaude este despliegue bélico: la criminal derecha colombiana, que pide a gritos la intervención como quien espera un banquete. No ven cadáveres ni ruinas, ven negocios y contratos. Pero el pueblo de a pie ya sabe que lo que se abre no es una promesa de libertad, sino el inicio de un capítulo tenebroso en América Latina.
Por Justicia & Dignidad
Periodismo independiente e investigativo

