Llegó Uribe a Tunja y se desató el terror

(Y no, no es coincidencia: lo mismo pasó en Popayán)

El 1 de noviembre de 2025, Álvaro Uribe apareció en Tunja.

Nueva gira, mismos discursos, misma fórmula de siempre: patria, enemigo interno, “mano dura” y una nostalgia rara por los años en que la guerra era política pública y no problema moral.

Una semana después, el 8 de noviembre, Tunja despertó con una volqueta cargada de explosivos.

Atentado frustrado. El miedo, sin embargo, sí estalló. Y entonces surge la pregunta que ya no cabe disimular: ¿Por qué, cada vez que Uribe reaparece en campaña, la violencia también reaparece?

La respuesta no necesita detectives, sino memoria. Esto ya lo vimos —hace apenas dos meses— en Popayán. Acá, Uribe aterrizó el 3 de septiembre de 2025. Al día siguiente, 4 de septiembre, la ciudad amaneció con pipas-bomba colgadas en puentes, mensajes de guerra y población encerrada en su casa.

De nuevo: visita política primero, terrorismo después. De nuevo: miedo como telón de fondo electoral. ¿Azar? Difícil creerlo cuando el patrón se repite como si fuera libreto. Esto es estrategia. No misterio.

Cuando el discurso deja de convencer, se reactiva la vieja campaña del miedo. Cuando el país dice “ya basta”, aparece el ruido. Cuando la ciudadanía está cansada, se la sacude con el fantasma de la guerra. Es la política del terror: si no ganan por esperanza, intentan ganar por miedo.

Pero esta vez algo cambió: Colombia ya no traga entero. En X, en las calles, en las universidades, en las plazas: basta escribir “Uribe” para que brote un coro cívico diciendo:

“No más miedo”

“No más guerras recicladas”

“No más política del susto”

El país está harto. Harto de que desde el colombiano y hasta el yanqui de turno —ese señor rubio que también sueña con bombas y “mano dura” como si el continente fuera su hacienda— se intente administrar nuestro futuro a punta de pólvora. Colombia ya cambió, aunque duela a quienes aún creen que el terror es herramienta legítima de campaña.

Hoy, Tunja y Popayán no son solo episodios: son señales de un país que aprendió a reconocer patrones, a leer silencios, a no dejarse gobernar por sobresaltos.El miedo funcionó durante años. Pero hoy, lo único que explota de verdad, es la paciencia de un pueblo cansado. Y el mensaje es simple, contundente y nacional:

No más Uribismo .

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo